Reforma fiscal

José Joaquín Fernández Capitalismo, Impuestos, Liberalismo Leave a Comment

Por Manuel F. Ayau

Se acostumbra clasificar los impuestos en indirectos (impuestos al consumo), y directos (a los ingresos). Los adjetivos directo e indirecto se refieren al ingreso de la persona, y reflejan una curiosidad del quehacer fiscal de nuestros tiempos. Casi universalmente se supone que los impuestos indirectos, como el IVA, dañan más a los pobres que a los ricos, porque reducen el poder de compra de sus salarios y, en cambio, los impuestos directos como el Impuesto Sobre la Renta (ISR) exime a los pobres y recae en los de mayor ingreso. Se considera que teniendo estos mayor capacidad de pago, es justo que absorban mayor carga impositiva para no afectar el consumo de los más pobres.

Suena bien el razonamiento anterior pero es equivocado porque concentra la atención en el corto plazo y soslaya los efectos más graves y duraderos de mediano y largo plazo que afectan, en forma más grave y duradera, la capacidad de consumo, es decir, el salario real de los pobres. Veamos.

Recordemos que quien gana poco consume todo su ingreso y ahorra casi nada. A medida que va subiendo su ingreso, primero aumenta en cantidad y calidad su consumo, se traslada a mejor barrio, pero aún su capacidad de ahorro es poca. No es hasta cuando su ingreso es mayor que lo que acostumbra consumir, que comienza a ahorrar en forma importante. Ese ingreso que no se gasta en consumo es la fuente de ahorro, de capital, para nuevas inversiones. Mientras más alto es su ingreso mayor será su ahorro y, si su ingreso está sujeto a un impuesto, primero sacrificará el ahorro y después el consumo.

Vemos, pues, que un impuesto aplicado a los altos ingresos se paga a sacrificio del ahorro y no del consumo y, siendo así, sería más exacto llamar al ISR impuesto a la capitalización del país porque quienes lo pagan lo pagan a sacrificio de su capitalización y no de su consumo.

Al fin de cuentas, aunque no guste, el nivel de salarios lo determina la demanda y la oferta por servicios laborales. Y, como solamente –léase bien- solamente, el capital demanda mano de obra, si hay menos ahorros (menos capital) menores serán los salarios. La consecuencia del impuesto, si bien disminuye el patrimonio (no su consumo) de quienes están afectos, la sufren en carne y hueso quienes ven su capacidad de consumo reducida por ese impuesto, debido a que su salario real será mermado por el impuesto a los ingresos capitalizables. A esto hay que agregar el hecho poco comprendido y menos apreciado que otra función del capital es aumentar la productividad del trabajo, lo cual permite aumentar salarios sin aumentar costos y precios.

Siendo que el capital se invierte con objeto de obtener un rendimiento, el ponerle un impuesto al rendimiento tiene el doble efecto de dejar disponible menos capital para invertirse y de disminuir el incentivo para invertirlo. Ambos efectos disminuyen la demanda de trabajo y en consecuencia disminuyen los salarios en mayor cuantía de lo que sería con un impuesto al consumo. Y he allí la cruel ironía: sufre más el consumo del pobre (su salario) debido al ISR, al cual supuestamente no está afecto, que lo que puede sufrir con un impuesto moderado a su consumo.

Por último, los ingresos fiscales son un pedazo del pastel de la producción. Para aumentar el tamaño del pastel, y los ingresos fiscales, hace falta más inversión de capital. Trabajadores abundan.

Si le gustó, compártalo: