¿Por qué los impuestos son un robo?

Sergio Villalta Impuestos, Liberalismo Leave a Comment

Por: Sergio Villalta

Existe una creencia muy generalizada en que pagar impuestos es una obligación moral y que no hacerlo es un acto deleznable. Parecido a cualquier otra acción que siendo ilegal es a la vez muy censurable.

También existe el sofisma de que los impuestos son un mal necesario. Al menos aquí se reconoce la inmoralidad del tributo – sin embargo -, se le exculpa a medias cuando se dice que es un mal; pero un mal que es ineludible y además necesario.

I. La autopropiedad.

En primer lugar es necesario afirmar que el hombre es dueño de si mismo. Derecho del cual goza simplemente por su condición de ser humano. Es decir, por su condición de hombre cada persona es dueña de si misma (de su cuerpo y de su mente) por derecho propio.

Este derecho no deviene de ningún otro hombre, tampoco de ningún grupo o gobernante. La propiedad de si mismo es una proposición moral.

Y una sociedad libre (una sociedad “voluntarista”) necesariamente debe basarse en este principio.

Murray Rothbard lo describe en su obra “La Ética de la Libertad”, al explicarnos que solo existen tres posibilidades:

A) Que cada individuo sea dueño de sí mismo. Esto es el derecho de ser dueño de uno mismo por libre voluntad.

B) Que algunas personas sean dueñas de otras. Esto sería la esclavitud o servidumbre de un hombre para con otro de sus semejantes.

C) Que cada persona sea dueña de una parte de todas las demás personas. Y esto significaría la propiedad comunal y universal de voluntades.

En la tercera opción no podría un hombre cortarse su cabello, a no ser que tuviera el permiso del resto de la humanidad entera. Puesto que cada parte de su cuerpo sería propiedad de los demás.

Esta tercera opción por la impracticabilidad absoluta que conlleva degenera en un absurdo teórico.

Sobra decir que solamente la primera opción sería compatible con una sociedad libre, porque es mediante el gozo de la libertad de acción de cada individuo que se puede disponer de uno mismo.

Y en sentido contrario: para la libre disposición de su persona, el hombre necesariamente tienen que gozar de la libertad para determinar su voluntad.

II. El derecho a la vida.

Siendo el hombre dueño de si mismo, este goza de la libertad de vivir. Esto es así y no de otra manera, porque la primera condición para que el individuo pueda reclamar su propiedad es que esté vivo.

Sin vida no es posible enunciar nada, menos una voluntad. Tampoco le sería posible al individuo establecer la propiedad de si mismo ante los demás, ni ante él mismo. Y sin estar vivo: ¿cómo podría gozar de la libertad de voluntad o de acción?

Además, como la propiedad de si mismo implica la posibilidad de declarar el derecho a la vida, este es en primer lugar una condición natural y a la vez una consecuencia posterior del derecho de propiedad.

El gran ensayista libertario Frank Chodorov lo explica así:

“El derecho absoluto de propiedad deriva del derecho original a la vida porque no tiene sentido el uno sin el otro: los medios de vida deben identificarse con la vida misma.”

III. La propiedad

Si cada hombre es dueño de si mismo y este es libre para vivir – es decir para actuar de acuerdo a su libre voluntad -, entonces por consiguiente somos libres para gozar del fruto de nuestras acciones y de nuestra voluntad.

¿Cómo podríamos tener la libertad de ser dueños de nosotros mismos y tener un libre albedrío, pero no ser libres de disfrutar de todo aquello que se deriva de nuestra misma propiedad y de nuestra voluntad?

Si se puede hacer lo primero necesariamente deberá ser posible hacer los segundo. Salvo los casos – claro está -, en que se agrede o provoca un daño a terceros.

Al ser el hombre dueño de si mismo y tener la libertad para decidir sus acciones, es consecuencia lógica, que tendrá también la libertad de gozar de todo lo que su voluntad produzca.

Porque de no ser así tendríamos que aceptar que otro individuo (un tercero) tendría el derecho a gozar de lo que otra persona produzca por derecho propio.

Esto sería igual que proclamar a este tercero como dueño de todos los derechos que hicieron posible ese disfrute.

El tercero devendría en dueño finalmente de aquello que produjo esos frutos – es decir -, de la vida y voluntad de la otra persona. En este último caso estaríamos ante la esclavitud.

IV. El robo.

Siempre es fácil identificar al robo cuando este se produce a un nivel individual. Por ejemplo: imagine que usted ahorró parte de su salario durante varias semanas para comprarse una bicicleta.

Ahora imagine que un día cualquiera otro individuo le roba a usted su bicicleta a punta de pistola. Ante este hecho no habría discusión alguna en llamarlo por lo que es: un robo.

Existe una tendencia innata a identificar al robo. No es necesario ser un intelectual, ni una mente brillante para entender que la propiedad de otros debe respetarse.

Nuestra moral está predispuesta a condenar el robo. De niños se nos enseña a no robar.

En en la tradición judeo-cristiana – así como en otras -, el no robar constituye un mandamiento. Existe una simpatía natural que surge ante el que ha sido asaltado en un camino solitario.

Sentimos repulsión e ira ante el ladrón que se aprovecha de la debilidad o descuido de otro para robarle. Y hasta se podría sentir incluso compasión ante el ladrón que ha sido robado.

Si dos hombres roban a otro tampoco habría dificultar en identificar esta acción. Fácilmente se tendría como un robo.

Podríamos hipotéticamente aumentar la cantidad de ladrones de manera exponencial: 2, 4, 8, 16, 32, 64, etc., pero a medida que aumenta la cantidad – asombrosamente -, es más difícil para algunos identificar el robo.

En especial cuando los ladrones llegan a ser un grupo muy numeroso y proclaman una justificación para apropiarse de los bienes de otros, en nombre de la “sociedad”, la “seguridad”, la “necesidad”, la “justicia”, o cualquier otro pretexto.

V. El robo legal

La pregunta es: ¿habría una diferencia entre la acción de una persona que roba a otra y la acción de todo un grupo cuando este llega a robarle a uno de sus miembros?

O más claro: ¿en qué punto el robo deja de ser un robo? ¿Si los ladrones son mil? ¿Un millón? ¿La mitad de la población? ¿La mitad más uno? ¿Dos tercios de la población de un país, el 80%, etc.?

La respuesta es que no hay diferencia alguna. El robo sigue siendo robo, independientemente del número de ladrones que ejecuten la acción e independientemente de la excusa que lleguen a invocar.

No hay diferencia si se llaman a si mismos como una mayoría, una “supermayoría” o la “sociedad” o el “gobierno”, y aunque se ampare la acción en una ley, el robo sigue siendo robo.

Chodorov nos explica:

“No es la ley la que en primera instancia define el robo, es un principio ético que la ley puede violar, pero no suplantar. Si por necesidades de la vida consentimos la fuerza de la ley, si por una larga costumbre perdemos de vista su inmoralidad, ¿se ha eliminado el principio? Un robo es un robo y ninguna cantidad de palabras puede hacer de él algo distinto.”

Así como no podemos justificar que otro individuo (un tercero) tenga el derecho de disfrutar de todo lo que la voluntad y la autopropiedad de una persona produzcan – tampoco podemos aceptar que el “Estado”, el “Gobierno” o la “Sociedad” lo puedan hacer.

Ya que en última instancia el “Estado”, el “Gobierno” y la “Sociedad” no son más que una abstracción y representan nada más a un conjunto de individuos.

Ni el “Estado”, ni el “Gobierno”, ni la “Sociedad” tienen un cuerpo, una mente y menos una voluntad propia. Solo reflejan la voluntad de un grupo particular de hombres.

Así como no podemos aceptar que un tercero sea dueño de todos los derechos (o de las causas) que hicieron posible los frutos de la propiedad – porque el tercero devendría en dueño finalmente de aquello que produjo esos frutos -, es decir, de la vida y voluntad de la otra persona; de igual manera tampoco podemos aceptar que un grupo de personas que se presentan a si mismas como el “Estado”, el “Gobierno” o la “Sociedad” lo hagan.

Si el robo es moralmente censurable en la primera instancia, lo es necesariamente en la segunda también. Ya que el robo no deja de serlo en función de la cantidad de ladrones que lo lleven a cabo. Y tampoco deja de serlo en función del motivo por el cual se haga.

Y si no tenemos el derecho de robar la propiedad de otro, tampoco podemos delegar ese poder en el “Gobierno”, en el “Estado” o en la “Sociedad”. Ya que no podemos entregar a otro un derecho que no poseemos.

No existe ninguna obligación moral en pagar impuestos. De la misma forma que no existe obligación moral en obedecer al ladrón cuando nos amenaza para que le entreguemos la billetera.

Lo cual no significa que sea aconsejable no pagar impuestos. De la misma forma que tampoco es aconsejable no entregarle la cartera al hampón que nos amenaza con matarnos.

Podemos entender ahora que al decir: los impuestos son un “mal necesario”, esto equivale a decir, que el robo es un “mal necesario”. Similar a decir que la esclavitud es un “mal necesario”.

Aceptar esto sería aceptar que una sociedad libre debería – y podría -, construirse a partir del uso de la violencia.

Sería igual a decir que una sociedad libre podría – o debería -, construirse con base en la esclavitud. En cualquier caso estamos ante un oxímoron.

En mucho mejores palabras Hans Hermann Hoppe nos dice:

“Obviamente, los impuestos no son pagos normales ni voluntarios, por bienes y servicios, porque a usted no se le permite abstenerse de pagar si no está satisfecho con el producto. Usted no será castigado si deja de comprar coches de Renault o perfumes de Chanel, pero será arrojado a la cárcel si deja de pagar los costos de escuelas públicas o universidades estatales, o los gastos pomposos (…) Tampoco es posible interpretar los impuestos como pagos de alquiler normal…”

Así como ninguna cantidad de palabras puede cambiar la naturaleza inmoral de un robo, tampoco ninguna “ley” puede cambiar la naturaleza inmoral de los impuestos. Es necesario siempre repetir a viva voz: ¡sí, los impuestos son un robo!

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