La tiranía de la corrección política.

Sergio Villalta Liberalismo, Libertad individual 1 Comment

Por: Sergio Villalta

Cada día se hace más común observar el régimen de autocensura que muchos viven y el escarnio público a que son sometidas cuando no la practican.

Basta que usted diga en redes sociales o en cualquier medio de comunicación tradicional una frase políticamente incorrecta; por ejemplo: “que los hombres de la raza “X” presentan un coeficiente intelectual más bajo que los hombres de otras razas” y recibirá usted una catarata de insultos. (Fuente: bbc.com, 05/16/13)

Si usted – por ejemplo -, dice que Ángela Ponce es un hombre nacido en España, de 23 años, que se viste de mujer (el cual tiene todo el derecho de hacerlo), que altera su cuerpo mediante el uso de ciertos procedimientos médicos (el cual también tiene todo el derecho para hacerlo) y que ganó el concurso de Miss España; posiblemente de inmediato usted será acusado por las hordas de la corrección política de “transfóbico” o de “agresor”.

Y en no pocos casos pedirán además su censura y de no conseguirlo harán lo imposible para humillarlo ante la opinión pública.

¿Y cuál habrá sido su crimen?

En el primer caso no haberse adherido a la ortodoxia que predica la igualdad absoluta entre los hombres y las razas.

Y en el segundo caso su crimen habrá sido no haber tratado a Ángela Ponce como una mujer, sino como un hombre que altera su apariencia con el propósito de parecerse a una mujer.

Esto hace que se viva en una perturbadora zozobra y que se practique una constante autocensura, por el miedo a ser etiquetado como “racista”, “misógeno”, etc.

I. La agresión injustificada se condena.

En primer lugar hay que dejar muy en claro que en una sociedad libre no se permite la agresión injustificada en contra de la vida, la libertad o la propiedad de otro. A esto le llamamos el Principio de No Agresión (PNA) .

Murray Rothbard lo define así:

“El credo libertario descansa sobre un axioma central: ningún individuo o grupo de individuos debe cometer ninguna agresión contra la persona o propiedad de ningún otro individuo. Podemos llamar a esto el “Axioma de No-Agresión”. Definimos “agresión” como la iniciación, o amenaza de iniciación, de violencia física contra la persona o propiedad de otro. Por lo tanto, agresión es sinónimo de invasión.”

Se debe condenar todo acto de agresión en contra de la vida, la libertad y la propiedad de los demás. Y aquí no importa para nada, en lo ordinario, el sexo de la víctima o el sexo del victimario.

Tampoco la etnia, la raza, clase social o preferencia sexual de uno o del otro. Lo que importa es la acción que produce un daño, el cual de manera obvia siempre genera la obligación de indemnizar a que la sufrió.

Un seguidor de la filosofía de la libertad defiende el derecho a estar libre de la coacción de otros. Defiende los llamados derechos “naturales”.

Como el derecho a que no me cayen (libertad de expresión), a que no me impidan transitar (libertad de movimiento), a que no me prohíban vender o comprar lo que necesito (libertad de comercio), a que no me prohíban reunirme con otros (libertad de reunión), a que no me expropien el producto de mi trabajo (derecho a la propiedad privada), a que no me prohíban leer lo que deseo (libertad de información), a que no me prohíban practicar mi religión (libertad de credo), etc.

Pero una cosa es una agresión real a la vida, la libertad y la propiedad de otro individuo – y otra cosa muy diferente es expresar una idea que puede parecer repugnante o intolerante.

Una agresión tiene un efecto medible y cuantificable. Una expresión vulgar, estereotipada o producto de la mal educación de un ignorante no es una agresión, ni debe ser tratada como tal.

II. La corrección política.

La corrección política es muy difícil definirla, sin embargo, se puede decir que es la imposición de un estricto código lingüístico para hacer mucho más potables las ideas que son abiertamente colectivistas.

La corrección política tiene tres efectos concretos:

  1. Divide a los individuos en víctimas y victimarios según el grupo a que pertenezcan. De un lado el hombre (el agresor) del otro lado la mujer (la víctima). El heterosexual (el opresor), el homosexual (el oprimido). El blanco (el que discrimina), el indígena (el discriminado). El creyente (el intolerante), el ateo (el tolerante), etc.
  2. La acción individual pasa a un segundo plano o simplemente en muchas ocasiones es del todo inexistente. Es la interpretación de una idea que se ha expresado lo que se toma como una “acción real”. Importa no la acción en si, es decir, si constituye una agresión o no lo es; sino que importa más el grupo a que pertenece el individuo que la genera y el grupo al cual pertenece el individuo que la interpreta.

  3. La corrección política no trata de condenar la agresión o una amenaza de agresión real que pueda sufrir otro individuo. La corrección política procura realmente silenciar las voces disidentes.

III. Las microagresiones

Podemos decir que la corrección política es el bosque y las “microagresiones” son una las muchas especies de plantas que habitan en este.

Se nos hace creer que existe un sinnúmero de expresiones que en verdad son “agresiones” en miniatura; que por ser sutiles pasan inadvertidas para el “agresor”, pero que ocasionan un perjuicio a la “víctima”.

Por ejemplo, si digo “que busco a un hombre para que me sirva como mi mecánico automotriz” estaría incurriendo en una “microagresión” hacia las mujeres. Porque estaría “insinuando” de manera consciente o no, que una mujer no podría hacer el mismo trabajo.

La idea subyacente en las “microagresiones” es que son expresiones que no llevan una intención dolosa, sin embargo, la corrección política las considera como una “agresión” en miniatura.

La idea de que existen “microagresiones” ya no solo constituye la imposición de un estricto código lingüístico, sino que va más allá. Buscan imponer una estricta forma de pensamiento y es claramente un concepto netamente orwelliano.

IV. Necesitamos ser políticamente incorrectos.

La nota característica de una sociedad verdaderamente libre es la disonancia de opiniones y la variedad de manifestaciones. Algunas serán sublimes, otras serán petulancias y tonterías, pero ese es el precio a pagar cuando se vive en libertad.

La caricatura provocativa y la sátira profunda son necesarias. La principal razón es porque ambas ayudan a aplacar el autobombo del gobernante. Además, reducen la vanidad de los egos sensibles.

También ayudan a mostrar las debilidades y peligros subyacentes del más poderoso, que generalmente es el gobernante de turno en la mayoría de los casos.

No se trata de escandalizar por escandalizar. No se trata de levantar las sotanas de la autoridad con ánimo enfermiso. Y no se debe buscar la burlar de las creencias de otros por el mero hecho de hacerlo.

Se trata de permitir los malos modales, lo grotesco, lo irreverente, lo repugnante y hasta la patanería. Pero no por el placer mismo de mofarse de otros; sino porque en principio se debe tener la libertad de hacerlo – y además -, porque esto nos ayuda a todos a mostrarnos la ridiculez y la flaqueza del más fuerte.

El mal gusto no puede – ni debe prohibirse.

Porque es precisamente lo desafiante y lo descaradamente blasfemo lo que muchas veces abre un espacio para la reflexión, ya que nos sacan del trillo mental en que el sistema nos encasilla con el evidente propósito de estandarizar el pensamiento.

¿Pero que sucede con el irrespetuoso, el comentarista estrafalario, el comediante excéntrico y el payaso hiriente? No se les debe tomar tan en serio, ni tampoco es obligación el escucharlos; pero sí es necesario defender su derecho a expresarse.

Porque en el fondo al hacerlo defendemos nuestro mismo derecho de expresión. Además, porque son los únicos que en ciertos momentos dicen lo que nadie más dice.

V. La tolerancia con el intolerante.

Existen infinidad de grupos que pregonan el colectivismo a diestra y siniestra. Que son Incapaces de reírse de si mismos y carentes de la habilidad para hacer una introspección y mirar sus propias y más evidentes contradicciones.

Pero el mayor peligro ocurre cuando estos grupos logran usar la fuerza más letal de todas (el poder gubernamental) para silenciar la crítica irreverente e imponernos una censura a rajatabla.

Es decir, predican a gritos la “tolerancia”, sin embargo, en nombre de esa misma “tolerancia” practican una virulenta intolerancia contra los demás cuando se atreven a expresar una opinión diferente. Y hasta en ciertos casos llegan a usar el poder gubernamental para silenciar a otros.

Lo que dejan de lado – muy a su conveniencia -, es que debemos ser tolerantes aún con el intolerante. Lo que no significa para nada ser neutrales en cuestiones morales o claudicar en el intento de construir una sociedad verdaderamente libre y denunciar la violación de los derechos del individuo.

Es necesario recordar el espíritu de Voltaire.

Es en la confrontación de ideas – por más ridículas e irrespetuosas que se consideren -, que se crean las condiciones necesarias para el progreso.

No se puede censurar al intolerante sin dañar la necesaria libertad para expresarse de todos los demás. Si así se procede corremos el grave riesgo de coartar la libertad de otros.

Porque el censor decidirá qué será lo correcto y que no lo es, en lugar de ser – como así siempre debe serlo -, una necesaria tarea de cada individuo.

Esto no significa que aquellos que lesionen derechos no respondan ante la Justicia, sin embargo esto no es, ni debe ser una mordaza a priori.

Cuando intentamos apaciguar al intolerante, concediéndole una altura moral superior para silenciar lo que le disgusta, estamos cediendo en cámara lenta nuestro derecho a expresar nuestras ideas. Renunciar a ese derecho es capitular en nuestros valores y poco a poco entregar los demás derechos… es renunciar a ser libres.

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