La rebeldía justa y la malcriadez nihilista: evite que le embauquen.

Miguel Ángel Nouel Liberalismo Leave a Comment

Todos hemos presenciado una injusticia alguna vez, un adulto mayor al que no recogió el bus, un niño que sufre de bullying, un caso real de discriminación étnica, o quizás, un episodio de violencia familiar. La indignación de ser testigo de estos hechos lleva a las personas más proactivas y sensibles a buscar justicia o una resolución final a fenómenos sociales que producen malestar a algunas personas. A veces la injusticia es ejecutada por el estado o un grupo de personas con presunto mayor poder, y es entonces cuando los indignados deciden rebelarse.

La palabra rebelión tiene su origen en los vocablos latinos “Re” y ‘Bellum” que significan “retornar al conflicto”, y en su acepción más común, es una actitud humana en la que el individuo se resiste a una autoridad, recurriendo a la desobediencia e incumplimiento del orden que dicha autoridad haya establecido, y en algunos casos optar por la confrontación.

Para algunos, la rebeldía implica que existen dos fuerzas contrapuestas: el opresor, quien sostiene una tesis, luego el oprimido se opone a ésta con una antítesis, y de la colisión de estos, surgiría una síntesis que cierra el ciclo temporalmente, al menos así lo veía el filósofo alemán Georg W. Hegel, cuya obra buscaba emplear la lógica para explicar racionalmente el devenir de la historia, en lo que llamó la dialéctica amo-esclavo. Hegel, y posteriormente sus herederos Marx, Engels y Bakunin se aventuraban a tildar de oprimido al rebelde y opresor al sujeto contra quién se da la rebelión. Nótese que no se ha hablado del objeto de la rebeldía y esta observación es una grieta fundamental, que expondré más adelante.

El estudio de la historia es complejo, simplificar los conflictos en dicotomías es bastante pueril a la mente del hombre instruido, pues sabemos que los hechos históricos no ocurren por la acción de dos facciones beligerantes, sino más bien por los actos de un número de individuos diferentes que es imposible estimar con precisión, y aun si intentáramos identificar las dos fuerzas más influyentes, existen factores externos que hacen de la divinación histórica una tarea imposible, a veces la sumatoria de factores imprevistos tiene mayor peso en el resultado final que la acción de los asumidos como actores importantes.

Algunos grupos con interés ulterior, se han valido de los sentimientos nobles y justicieros de algunos individuos, y con estratagemas emocionales les han embaucado en cruzadas por una pretendida justicia social. La estrategia suele ser similar, lo único que cambia es el nombre del sujeto revolucionario y el opresor. El sujeto suele ser un colectivo que sea representativo en un país (indígenas, mujeres, afrodescendientes, homosexuales, etc.), y el “opresor” suele ser algún grupo de personas a las que estos grupos pretendan agredir en su camino al poder. Los Nazi culpaban a los judíos y otras etnias de una supuesta opresión contra el pueblo alemán, Pol Pot fomento el conflicto contra los europeos y camboyanos letrados, los chavistas siguen culpando a Estados Unidos y la burguesía por los problemas que sufre Venezuela, las feministas marxistas acusan a los hombres (bajo el nombre de “patriarcado”) de oprimir a las mujeres y a la población GLBTIQ.

Los justicieros sociales poco a poco consiguen apoyo económico de filántropos para su causa, posteriormente del estado y finalmente pasan a ser burócratas de caviar cuyo ingreso personal depende de que los conflictos que fomentan nunca sean resueltos, y se valen de estudios y estadísticas presentadas de tal forma que validen su dudosa lucha, así sea de forma falaz. Patrick Moore (Ph.D), antiguo presidente de Greenpeace, dio recientemente su testimonio en youtube, de que dicha organización pasó de sostener una genuina lucha contra amenazas a los ecosistemas, a ser un grupo de choque político de izquierda, esto con enormes recursos provenientes de gobiernos y donadores.

Si hay algo en común a la mayoría de estos justicieros sociales de oficio, es que enfocan su atención en el conflicto y sus actores, no en el problema en sí, su fijación es con diseccionar a la sociedad creando un ring de luchas entre las partes que hábilmente saben polarizar, pero poco se preguntan, si realmente existe un objeto por el cual rebelarse, no validan si su apreciación de los fenómenos sociales y económicos es acertada, y mucho menos les atañe encontrar soluciones.

LA REBELION JUSTIFICADA Y COMO EVITAR EL NIHILISMO.

La rebelión justificada, enfoca su atención en problemas específicos con miras a solucionarlos, plantea puntos de acción concretos y una propuesta de estado futuro. El rebelde de esta calidad no ve al conflicto de forma romántica, como ocurre en la dialéctica marxista, sino como una situación indeseable y pasajera. Como expliqué más atrás en el artículo, el rebelde con causa se enfoca en el objeto.

Supongamos que en la empresa A y en la empresa B, dos empleados se dan cuenta que los salarios para un área en particular, son inferiores a los del mercado laboral, inconformes ambos, deciden hacer algo al respecto. El empleado B organiza un sindicato, que luchará contra la opresión de la gerencia burguesa con huelgas y otros métodos de presión. El empleado A decide investigar los salarios de mercados y crea una propuesta para recursos humanos y la alta gerencia de revisarlos, pues existe el peligro de que un competidor se robe el talento. Es más probable que el empleado A logre su cometido, y que el empleado B termine perdiendo su empleo, pero más allá de tratar de adivinar el futuro, la intención de este ejemplo es ilustrar la diferencia de fondo entre un rebelde justo y uno nihilista que no pretende solucionar el problema sino vivir de este.

El rebelde nihilista no le ve sentido al sostenimiento de valores, pues de acuerdo a este, la existencia carece de sentido, en ese camino lógico el sostenimiento de cualquier sistema moral o institución es un ejercicio inútil. Los justicieros sociales de oficio suelen caer en este abismo filosófico, para ellos toda institución humana carece de valor, salvo que esta les dé trabajo y confort a ellos, y cualquier sistema de ética es invalidado pues todo es relativo, no hay blancos ni negros.

Para evitar caer en esta trampa, el intelectual crítico debe desarrollar suspicacia hacia la propaganda emocional, es decir, las obras audiovisuales, artículos, ensayos y libros que apelen a las emociones del lector y que dejen por fuera, de forma sospechosa, evidencia que le respalde. En argumentación aristotélica, los rebeldes nihilistas son hábiles argumentando con el pathos (emociones y sentimientos) y en el ethos (cuestionar la autoridad moral del oponente) pero suelen esquivar conversaciones que involucren argumentación en el terreno del logos, es decir basándose en evidencia sólida y la razón, así que debemos estar atentos a la nueva información que llega a nosotros y preguntarnos si su interés es propagandístico (ideologías) o si se trata de la genuina exposición de un problema para el que el emisor tiene una propuesta de solución, debemos, además analizar con profundidad su propuesta para ver la factibilidad ética y práctica, en fin, un análisis total.

Debo advertirle al lector que este cambio de actitud ante el bombardeo de información que recibimos diariamente resulta extenuante, pero es la única forma de cuidarnos de los embaucadores nihilistas y su afán irracional de destruir todo lo que es bueno.

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