La borregada y los granjeros

José Joaquín Fernández Liberalismo, Rigoberto Stewart Leave a Comment

Por Rigoberto Stewart, Ph.D.

Uno de los derechos humanos más básicos es el derecho de propiedad, lo cual implica el derecho sobre uno mismo (no ser esclavo de nadie) y el derecho sobre la propiedad material adquirida legítimamente. Propiedad, entonces, son todos los factores de producción (materiales e intelectuales) utilizados en el proceso de especialización, además de todos los bienes y servicios producidos e intercambiados. Se entiende por derecho de propiedad (DDP) la facultad de cada individuo para disponer de su propiedad de la manera que prefiera; el tener absoluta libertad para decidir qué producir, con quién intercambiar sus bienes y en qué términos hacerlo. El respeto al DDP origina un régimen de absoluta libertad comercial —libertad para intercambiar bienes y servicios, tanto con nacionales como con extranjeros. ¿Se respeta el DDP en Costa Rica? No.

Para que el sistema de especialización e intercambio (el sistema económico) genere la máxima cantidad de riqueza –y se distribuya de la manera más justa entre los actores–, es necesario que cada uno de los participantes encuentre la mejor solución para cada una de sus necesidades de consumo, lo cual se logra solo si se respeta absolutamente su derecho de propiedad. Sin embargo, los gobernantes latinoamericanos siempre han expresado un profundo desdén por ese derecho de sus gobernados. Lo primero que hicieron los conquistadores al arribar a estas tierras fue informar a sus entusiastas anfitriones que todo lo que aquí se encontraba (ellos incluidos) era de los Reyes de España. Ahí se borró toda noción de DDP, incluso la propiedad sobre el individuo mismo. Incapaz de conectarse con su propia humanidad, el mestizo que ha gobernado a partir del primer cuarto del siglo XIX ha hecho exactamente lo mismo: abolir el DDP, partir de cero y hacer concesiones según su conveniencia, humor u ocurrencia. De ahí los TLC. De ahí la oposición de Ottón Solís (excandidato presidencial en 2006) y sus correligionarios, de este gobierno y del anterior, a la apertura comercial inmediata y total, lo cual enriquecería a los pobres. En este particular, Manuel Ayau, fundador de la Universidad Francisco Marroquín ha señalado: “Nos hemos acostumbrado a vivir bajo un régimen de órdenes y reglamentos pero no de Derecho, lo cual tiene enormes consecuencias negativas para la sociedad, la economía y el orden público, pues coloca toda actividad bajo la discreción burocrática de “los técnicos” y no de la ley. Este es el camino al perpetuo subdesarrollo, la pobreza, la corrupción y la violencia”.

¿Por qué lo hacen? ¿Por qué los gobernantes criollos se sienten con la potestad de violar nuestro DDP, de tratarnos como si fuésemos animales de su granja y no individuos con derechos humanos inalienables? Muchos dirían: “porque pueden”. Cierto. Pero hay otras dos explicaciones plausibles. La primera es que lo hacen porque son infinitamente crueles y corruptos. ¿Qué otro calificativo se merecen aquellos gobernantes que se enorgullecen de establecer aranceles (impuestos) gigantescos a los alimentos básicos, esenciales para la nutrición humana ─50% al azúcar, 100% a la leche, 250% al pollo, etc.─, propiciando con ello dos hechos: (1) un desmedido e ilegítimo enriquecimiento de partidarios, amigos y familiares; y (2) mucha pobreza, desnutrición y sufrimiento humano? ¿Cómo calificar a los que se vanaglorian por haber logrado mantener, en los TLC, esos abominables aranceles hasta por 20 años?

La segunda es que lo hacen por un derroche de amor mal entendido. Me explico. Imaginemos a un hombre de raza negra de Estados Unidos que encadene a sus hijos a un poste y los azote únicamente porque él interpreta que los blancos, por un amor entrañable, hacían eso con sus antepasados. Pues bien, los gobernantes de hoy han sabido que sus antepasados coloniales les negaban todo DDP a sus súbditos americanos: establecían monopolios, prohibían a las colonias la producción de ciertos bienes, el comercio con otras colonias y hasta la intra-colonial. Todo esto lo interpretan como una manifestación de amor puro y, por devoción, nos hacen lo mismo.

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