¿Eres neoliberal?

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Por: Sergio Villalta

I. La antífrasis

La palabra neoliberal es una antífrasis. El diccionario de la Real Academia Española define la antífrasis como:

“Designación de personas o cosas con palabras que signifiquen lo contrario de lo que se debiera decir.”

Por ejemplo: puedo llamar “sabio” a un ignorante o le puedo decir “gordo” a un flaco. En ambos casos estoy usando un adjetivo para designar a un sustantivo de manera contraria a lo que en realidad es. En los dos casos estoy utilizando una antífrasis.

Con la palabra neoliberal sucede algo idéntico. Muchas veces se utiliza como una antífrasis, pero de manera involuntaria y debido a la ignorancia manifiesta o a la mala fe de la persona que la emplea. Sobre este fenómeno existe evidencia científica.

Los autores Taylor C. Boas y Jordan Gans-Morse en su obra “Neoliberalism: From New Liberal Philosophy to Anti-Liberal Slogan“, analizaron 148 artículos periodísticos entre los años de 1990 y 2004.

Ellos descubrieron que ni en uno solo de esos 148 ensayos, su autor definió la palabra neoliberal. Todos los articulistas usaron la palabra de manera muy general, para explicar una gran variedad de ideas que abarcan desde la sociología hasta la economía política.

Además, Boas y Gans-Morse descubrieron que la palabra neoliberal apareció en más de mil artículos académicos entre los años 2002 y 2005.

Y el resultado de su análisis demostró que la palabra es mayoritariamente usada por investigadores que son hostiles a la libertad de mercado. Y que muy rara vez es usada por los que abogan o predican por una mayor libertad.

Según Boas y Gans-Morse la palabra neoliberal es empleada en la grandísima mayoría de los casos, con la intención de describir lo que algunos llaman el “fundamentalismo de mercado”.

Se usa la palabra neoliberal (por parte de los que no simpatizan con la libertad de mercado), para caracterizar a las personas que sí son muy afines al libre comercio, a la reducción del aparato gubernamental, a la disminución de los impuestos, a la apertura de monopolios, a la desestatización de la educación y en general a la desregularización de la economía y de los sistemas políticos.

La gran contribución de Boas y Gans-Morse radica en haber confirmado (lo que ya se sospechaba), que la palabra neoliberal tiene y se usa mayoritariamente en un sentido peyorativo.

La intención es usar la palabra neoliberal para describir de manera despectiva y con cierto grado de desprecio al adversario.

Al usar esta palabra el propósito es pintar de manera desfavorable a sus adversarios, caracterizarlos y acreditarlos con rasgos negativos y espurios.

Y como la palabra se utiliza casi exclusivamente por aquellos que adversan el derecho a la libertad, la protección de la vida y de la propiedad de los individuos -, la intención es atacar también esas mismas ideas.

Un párrafo aparte se merece John Williamson, el economista norteamericano que estampó la frase del “consenso de Washington”.

A finales de la década de los años ochenta el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Departamento del Tesoro de los E.E.U.U. enunciaron diez medidas urgentes que los países del tercer mundo debían tomar.

Eran diez grandes propuestas relacionadas con la macroeconomía, el comercio exterior, la atracción de inversiones y en general con la desregularización de la economía. Desde luego el “consenso de Washington” nunca llegó a verdaderamente ser un consenso, ni en los E.E.U.U. ni en la América Latina.

Williamson no solo erró en llamar a esta iniciativa como el “consenso de Washington” (ya nunca existió ningún consenso), sino que también uso la palabra neoliberal de manera equivocada para describir las ideas que se querían impulsar es ese documento.

El llamado “consenso de Washington” nunca llegó a implementarse de manera completa en ninguna parte, sin embargo, esto no impidió que, precisamente los que adversan la libertad (decir libertad económica es un pleasmo), calificaran a este consenso como un producto del neoliberalismo.

Tanto Williamson como los demás utilizaron la palabra como una antífrasis. La utilizaron para describir algo que en realidad se describe de manera contraria al verdadero significado de la palabra.

Como derivación de este error conceptual, algunos hasta han propuesto que al no implementarse de manera correcta el “consenso de Washington”, esto demuestra que en realidad sí se impusieron medidas neoliberales.

Es decir, algo parecido a llamar “negro” a lo que es “blanco” y después decir que como lo “blanco” se convirtió en “negro”, era correcto llamar “negro a lo que es verdad es “blanco”.

Otro descubrimiento de Boas y Gans-Morse es que ninguno de los académicos o articulistas examinados se identificó a si mismo como neoliberal.

Al contrario con lo que sucede en el liberalismo, con el cual innumerables pensadores, académicos, intelectuales y hasta políticos se identifican a si mismos como tal (liberales o libertarios); con el neoliberalismo sucede todo lo contrario. Nadie asume por voluntad propia el mote de neoliberal.

Y al contrario de otras palabras como democracia o república que si gozan de definiciones específicas, según la escuela o tendencia que las defina, con la palabra neoliberalismo sucede lo contrario.

Su indefinición permite que se uso se generalice para llamar y caracterizar a múltiples fenómenos que son muy disímiles y que pertenecen a la sociología, la economía y las ciencias políticas.

En síntesis, Boas y Gans-Morse demuestran que la palabra neoliberal se usa como un arma. Se usa como un concepto indefinido.

La intención – como lo demuestra la evidencia empírica -, es etiquetar de forma desfavorable a las personas que claman por mayor libertad. Ya sea haciendo referencia a las reformas que pretenden aumentar la liberad o haciendo referencia a un modelo que se describe como el “fundamentalismo de mercado”.

II. París 1938

Según Juan Ramón Rallo la palabra neoliberalismo se acuñó en 1938 en la Conferencia Walter Lippmann y su creador fue Alexander Rüstow.

La intención de Rüstow era describir una corriente ideológica diferente al liberalismo, algo así como una tercera vía entre el laissez-faire y el socialismo soviético.

Rüstow fue un sociólogo y economista alemán, su obra magna es: Ortsbestimmung der Gegenwart (Libertad y Dominación) escrita en la década de los años 30.

Nos cuenta Rallo que Rüstow escribió en su libro “El fracaso del liberalismo económico” que:

“Los neoliberales estamos de acuerdo con los marxistas y socialistas en que el capitalismo es imposible y necesita ser superado. También creemos que ellos han demostrado que un exceso de capitalismo conduce al colectivismo”.”

Para Rüstow el liberalismo había fracasado. Entonces era necesario incorporarle un cierto “humanismo”, algo que hiciera del liberalismo una ideología más “compasiva”, que exaltara la conmiseración de los que sufren y reconociera a los desposeídos.

Por ejemplo: era necesario adicionarle educación “gratuita”, subsidios de desempleo, servicios de salud “gratuitos” y en general regular el crecimiento “desordenado” de la actividad económica para que esté conforme al “bien común”.

Lo que proponía Rüstow – según Rallo -, es algo parecido – por no decir idéntico -, a la socialdemocracia tradicional del Partido Laborista del Reino Unido o del Partido Demócrata con su “new deal” de Franklin D. Roosevelt.

Es decir, una fuerte planificación económica y una abundante regulación de la actividad privada, pero sin dejar al menos en el papel – aunque sea como letra desteñida -, la protección de los derechos individuales y el derecho a la propiedad.

Tomando esta definición de Rüstow, vemos que el neoliberalismo que él proponía se ajustó a la perfección con la socialdemocracia.

Esta posteriormente expandió el concepto de Rüstow a la planificación total de la educación, siempre estatizada, pero sobre todo estandarizada y centralizada. Y se le agregó un creciente gasto público para costear el seguro de desempleo, la vivienda “pública”, la medicina “pública” y el resto de la parafernalia del “estado de bienestar” que ya conocemos.

Para Daniel Lacalle el neoliberalismo – a manera de sarcasmo – es:

“(..) cualquier política socialdemócrata que fracasa. Sirve para justificar más intervención y dejar de pensar.”

Y para Rallo el neoliberalismo es:

” (…) un sistema político tecnocrático donde las élites estatales se encargan monopolísticamente de definir y de gestionar el bien común; para el neoliberalismo, el bien común en materia económica pasa por respetar la institución del mercado (con numerosas regulaciones dirigidas presuntamente a corregir sus defectos), pues de esa manera se maximiza la producción; en materia social, el neoliberalismo defiende una organización de los servicios públicos administrados directa o indirectamente por el Estado para así redistribuir parcialmente la producción que ha generado el mercado”

Lo acertado de la definición radica en que el neoliberalismo “respeta” el mercado, pero sujeto al control del aparato gubernamental.

Justificando la intervención para “ordenar” y “corregir” los excesos de la libertad. Se parte de la errónea idea que el exceso de libertad es dañino y que es necesario la intervención del gobernante para garantizar un “orden” más “justo”.

Es claro que el neoliberalismo tiene muy poco de liberalismo. El mismo hombre que creó la palabra – Rüstow -, no era un liberal, ya que nunca defendió, ni intercedió, ni mucho menos apoyó o patrocinó ninguna causa en favor del laisser faire – valga decir -, de la libertad del individuo y de la protección de las vidas o haciendas ajenas.

Enrique Ghersi lo explica:

“El sentido predominante que se le atribuye al término “neoliberalismo” es consecuencia de que los enemigos de la libertad han utilizado esa palabra como una sinécdoque, como anteriormente otros hicieron con la palabra social (…) De esta manera, a través de la retórica y sus mecanismos, los liberales perdemos en el debate político lo que ganamos en el campo de las contribuciones científicas”

Lo que Ghersi dice es que al llamar a un liberal como neoliberal, es como tomar el género  y hacerla pasar por la especie.

Rüstow tenía la idea de crear un “nuevo liberalismo”, pero la manera más correcta para llamarlo hubiera sido bautizarlo como un “post-liberalismo”. Para indicar de manera apropiada que se trataba de algo posterior y muy distinto al liberalismo.

III. De Freiburg a Chile

La palabra neoliberalismo fue usada (según la definición de Rüstow) de manera extensiva por la Escuela de Freiburg para oponerse al laissez-faire del liberalismo.

Dos cosas distinguieron a esta escuela del liberalismo: la primera la necesidad que se tiene en que el Gobierno intervenga en los mercados, y la segunda, la introducción de los “valores sociales” en lugar de la eficiencia económica.

Afirman Boas y Gans-Morse, que la palabra neoliberalismo permaneció como un obscuro concepto que manejaban solo los académicos e intelectuales, muy ajeno al conocimiento del público en general.

No fue hasta los años setenta que la palabra empezó a popularizarse y a usarse de la manera como en la actualidad se usa; para describir de manera negativa a los defensores de la libertad.

Fue durante las reformas de libre mercado que se implementaron en Chile, por los seguidores de la Escuela de Chicago, cuando el uso de la palabra neoliberal se popularizó, con el sentido actual que tiene. Y desde luego los culpables en popularizar esa palabra fueron los que adversaban estas reformas, no sus proponentes.

Dentro de la Escuela de Freiburg se pueden encontrar a muchos seguidores que – aunque abiertamente no comulgan con el socialismo o la socialdemocracia -, si predican mucho de lo que esas dos ideologías han propuesto.

Tanto que uno de sus más famosos discípulos es Alfred Müller-Armack, el creados de la frase “economía social de mercado” o lo que algunos han llamado el ordoliberalismo.

Otros integrantes de la Escuela de Freiburg son Walter Eucken y Wilhelm Röpke que pedían la intervención del Gobierno para alcanzar la “justicia social” y hasta reclamaban una limitada intervención para asegurarse la “distribución de la riqueza”.

Aunque la Escuela de Freiburg no se equipara en lo ideológico con la socialdemocracia o el socialismo, puesto que sus integrantes nunca se llamaron a si mismos como socialistas o socialdemócratas, si comparten muchas ideas.

Si se quiere la palabra creada por Rüstow (neoliberalismo) tenía la intención y así fue usada por la Escuela de Freiburgo como un signo de innovación o progreso.

Falló desde luego esta escuela en hacer que las personas fuera del claustro universitario (políticos, intelectuales, etc.) se calificaran a si mismas como neoliberales.

Y toda esta sinrazón se remonta al error original de Rüstow. Sobre esto Javier Milei acertadamente explica que:

“…la palabra liberal viene de libertad. Entonces no hay una nueva libertad (neoliberal) o una vieja libertad. Hay libertad o no hay libertad”

IV. El anticoncepto.

Existen ciertas palabras que su usan como un anticoncepto. Su uso no pretende definir algo de manera positiva, atendiendo a sus cualidades o cantidades; sino que la palabra se usa como un “argumento de intimidación”.

El propósito de todos los anticonceptos es infundir miedo o descalificar al oponente.

Ayn Rand definió al anticoncepto como:

“(…) un término innecesario y racionalmente inútil. Diseñado para reemplazar y destruir a algún concepto válido”

El uso de los anticonceptos está muy difundido hoy en día. Por ejemplo: si digo que alguien es “político” o que fulano hace “política”, su significado en general no es muy preciso.

¿Qué significa esto en realidad? Nadie lo sabe con exactitud, salvo que es algo no muy deseable y que rodea a la persona a la que se le acusa de hacer “política” o de ser “político” de un cierto velo egoísta o maquiavélico. Ya que muchas veces se sospecha que si algo es “político” entonces existe una agenda inconfesable.

Lo mismo sucede con la palabra homofóbico. ¿Qué significa exactamente? Tampoco se sabe con precisión, salvo que nadie se autodenomina a si mismo como homofóbico.

Al contrario de lo que sucede con la palabra claustrofóbico que se reconoce con más precisión como un fenómeno de la psicología clínica. La palabra homofóbico se utiliza más como un adjetivo para descalificar al adversario y rehuir el tema de fondo.

¿Y si alguien dice que fulano es un neoliberal? Esto sustituye una discusión sobre los méritos del argumento del contrario. Entonces no se discute ya sobre la falsedad o invalidez del razonamiento, sino que automáticamente esto pasa a un plano secundario.

Lo que importa ahora es obligar a que el oponente se retire o no se le escuche por ser neoliberal.

Es difícil que un socialista admita abiertamente que: “no puedo rebatir las bondades del laissez-faire” o que un estatista afirme: “no tengo argumentos para desmentir los beneficios que produce la libertad.”

Pero si el colectivista dice: “fulano es un neoliberal”, esto de inmediato invoca un sentimiento de maldad, de egoísmo, de algo siniestro y no muy constructivo. En resumidas cuentas se le está diciendo al auditorio que la contraparte es socialmente dañina y no se le debe de escuchar, muchos menos debatir.

Arthur Shopenhauer expuso en su obra “38 estratagemas para ganar un argumento” que existen solo dos formas para ganar una discusión. ¡Ojo! no se trata en demostrar una verdad o falsedad, se trata de ganar la discusión:

  1. La vía ad rem: en esta forma se hace referencia a la cosa. Se ataca la tesis en sus fundamentos (de manera directa) o en sus consecuencias (de manera indirecta).
  2. La vía ad hominem: se hace referencia a la persona con la que se discute.

Los anticonceptos (como la palabra neoliberal) se usan – y son muy útiles -, para sustentar la segunda forma (ad hominem). El solo hecho de llamar a alguien neoliberal hace que el centro de atención deje de ser el objeto (la idea, tesis, argumento, razón, etc) y lo sea ahora el sujeto (el adversario).

Colocar el marco de referencia sobre el sujeto en lugar de colocarlo sobre el objeto es una mala estrategia para demostrar la falsedad o veracidad de un argumento. Sin embargo, es una magnífica estrategia para ganar discusiones.

Al cambiarse el centro de gravedad lo que importa ahora son las concesiones o los errores admitidos por el adversario.

Y al demostrarse la incapacidad o debilidad del sujeto se logra – por efecto de carambola -, demostrar el disparate o la perversidad del objeto (la idea, tesis, argumento, razón, etc).

Esto desde luego destruye cualquier cognición. La ilustración (educación) requiere de una percepción y después de una valoración de lo que se ha percibido.

El anticoncepto elimina la valoración. Por lo tanto elimina el razonamiento y la capacidad de extraer conclusiones mediante relaciones causales.

Sin la razón, no existe la capacidad de demostración, ni la capacidad de inferencia. Es por esto que los anticonceptos son también a la vez antivalores. Porque sin el uso de la razón no puede llegar a existir valor alguno.

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