El secreto profesional y el sigilo confesional

Sergio Villalta Liberalismo, Libertad individual Leave a Comment

Por: Sergio Villalta

La semana pasada se informó por la prensa sobre el proyecto de ley que pretende modificar el llamado sigilo de la confesión. No es mi propósito entrar a analizar de manera específica el proyecto de ley, sino hacer un repaso de estas dos instituciones.

El secreto profesional

El secreto profesional existe porque es necesario que se de una relación de absoluta confianza entre el profesional y su cliente.

Se sabe de antemano que el profesional por su labor conocerá de los asuntos del ámbito privado de las personas. Por esta razón es necesario que el profesional guarde en absoluta confidencialidad lo que llegue a conocer.

En el quehacer empresarial y también en la vida familiar, surgirán hechos y actos que deberán estar siempre en la esfera privada. Porque lo privado es lo íntimo, lo propio del ser, lo que no se comparte en público. Y solo un hombre libre puede decidir qué cosas compartirá y cuáles cosas no compartirá en público.

Pero además el secreto profesional no solo existe por razones de privacidad, aunque eso por si solo sería suficiente para proteger esta figura de la intervención estatal. En ciertas profesiones además el secreto profesional es necesario para garantizar los derechos de otros.

Por ejemplo, en el caso de los abogados de no existir el secreto profesional las personas sentirían temor y recelo en manifestarle toda la verdad a su abogado.

Porque el Estado podría llamar al abogado para testificar en contra de su propio cliente. Esto haría imposible que el acusado tuviera una defensa. Y por supuesto sería una intromisión estatal en algo relativo a la esfera privada de las personas.

El secreto profesional es una institución y una costumbre necesaria y que cumple una importante labor en resguardo de la privacidad de las personas.

Las raíces del secreto profesional en Occidente se trazan desde el Derecho Romano. En Roma los abogados y escribanos debían guardar absoluto secreto sobre los asuntos que conocían.

Se cuenta que el gran historiador Valerio Máximo narra cómo se penaba con la muerte a aquellos que no guardaban el secreto profesional en la época de Tiberio. Y en España desde el siglo XIII en las Partidas se recoge la obligación del abogado de guardar secreto sobre todo lo que llega a conocer.

El sigilo de confesión

También en el Derecho Canónico existe el secreto de confesión y consiste en la obligación de no manifestar jamás lo sabido por confesión sacramental.

El canon 983,1 dice:

“El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo”

En la Iglesia Católica la obligación no solo es de carácter jurídico, sino que además es un imperativo moral.

Tanto que dicha obligación compromete en primer lugar al confesor (al sacerdote) y también a todos aquellos que de algún modo se hayan podido enterar de la confesión, ya sea de manera lícita o no.

En el catolicismo el sigilo confesional no solo es una costumbre y una figura jurídica, sino que además es parte esencial de los postulados esenciales y como tal no puede llegarse a modificar o alterar. El sigilo tiene un carácter absoluto e incuestionable, lo cual no significa que carezca de fundamento o explicación dentro de la doctrina religiosa.

La Ley

Siendo que tanto la institución del secreto profesional y de sigilo son anteriores al Estado, son estas dos instituciones la que limita la ley (positiva) creada por el gobernante. No es la ley positiva la que limita a estas dos instituciones.

Esto es así porque la “ley” debe entenderse de manera correcta también como la leges patrum. Es decir, como la costumbre y como el uso inmemorial de esa costumbre anotado por los padres, los padres de estos y así de manera sucesiva hacia atrás.

Por extraño que nos pueda parecer la “ley” no debe ser vista nada más como la norma creada por el gobernante de turno. Desafortunadamente nos ha sido inculcado desde la escuela, que la “ley” se conforma solamente las normas que dicta el gobernante.

Tanto ha sucedido esto que se nos hace ajeno volver a concebir a la “ley” según como la entendían en la antigüedad.

Y aunque decir esto parezca una verdad de Perogrullo, es necesario afirmarlo: ya antes de la formación del Estado moderno existían la Justicia y la Fe. Por ende, eso que ahora entendemos como Estado y la “ley” que este crea, deben conformarse a ese orden legitimado que existía antes.

Negar esto sería creer que el mundo nace con el Estado moderno. Sería colocar al Estado por sobre el hombre. Sería idolatrar al Estado hasta el punto de pensar que nada ha existido antes del nacimiento de ese mismo Estado. Ni siquiera la Justicia.

Desde luego, que esto no significa que la costumbre siempre sea justa. Pero en tales casos lo propio sería encontrar la verdadera Justicia que subyace en la naturaleza del hombre y que obviamente precede a esa “mala” costumbre.

¿Pero cómo lograr esto? ¿Cómo encontrar esa Justicia que antecede a la mala costumbre? Sabemos que las cosas tiene diferentes atributos. Porque asumir lo contrario nos llevaría a concluir que las cosas son iguales, pero sabemos que eso es falso.

Diferentes atributos significa diferente esencia. Mediante la razón el hombre puede descubrir su propia esencia. Puede descubrir la Ley de su propia naturaleza y alcanzar esa Justicia que precede a la mala costumbre.