Ecologismo: ¿una máscara del socialismo?

Sergio Villalta Libertad Leave a Comment

Por: Sergio Villalta

No soy biólogo, ni meteorólogo, tampoco soy geólogo o físico. Por esta razón evito en lo posible discutir sobre la temperatura de los océanos o sobre los efectos del CO2 en la atmósfera.

Sin embargo, la discusión sobre el ecologismo, los cambios en el clima y la extinción de las especies no debe ser dejada solo en las manos de los técnicos o científicos que estudian estos fenómenos.

Thomas Wood lo explica de manera clara:

“(…) encuentro que es una idea muy mala dejar la ciencia de la economía y la economía política a los científicos del clima y sus amigos en política (…)

Lo primero que hay que decir es que el ecologismo como movimiento político ha creado una falsa disyuntiva: “o se hace lo que nosotros decimos o el planeta entero se destruye y todos moriremos irremediablemente”.

Desde luego, la respuesta del ecologismo es casi siempre usar la violencia – o lo que es lo mismo -, la coacción del Gobierno para intervenir en los mercados. Es decir, controlar a los individuos y las haciendas de las personas.

El ecologismo nos dice que ante la inminente catástrofe planetaria nos queda muy poco tiempo. Que debemos aumentar el tamaño del Gobierno, darle más poder al gobernante y eventualmente cambiar de raíz todo el sistema económico que es responsable del cataclismo que se aproxima.

I. ¿Qué es el ecologismo?

Según el Diccionario de la Real Academia Española el ecologismo se define como un:

“Movimiento sociopolítico que propugna la defensa de la naturaleza y la preservación del medio ambiente.”

Que alguien o un grupo de personas aboguen por la defensa de la naturaleza no es censurable. El problema con el ecologismo como movimiento político no son sus fines. Igual sucede con el socialismo.

Porque nadie se opone a que los ríos estén libres de basura. Igual que nadie se opone a que los mares estén libres de manchas de petróleo.

Así como nadie se opone a que el aire que respiramos esté libre de contaminantes – o a que el agua que bebamos sea potable.

Y nadie predica por la extinción de las ballenas, ni tampoco por la extinción de los osos polares. Así como nadie desea que las selvas tropicales desaparezcan.

El problema central del ecologismo como movimiento político son sus medios. Problema que también comparte con el socialismo.

Se parte de una falsa premisa: que un sistema económico basado en la libertad es el responsable de explotar al hombre y destruir de manera implacable al planeta.

Para el ecologismo – y no importa si se trata de una de sus más radicales facciones o no -, la libertad es una fuerza de destrucción y perjudicial en si misma.

Dañina no solo para el hombre, sino que ahora – a diferencia del pasado -, también es dañina para el medio ambiente. Y de no sustituirse pronto este sistema arrasará con el planeta entero.

Por eso ante tal amenaza el ecologismo ve necesario acabar con este mal. Es necesario sustituirlo por un sistema más “amigable” con la naturaleza.

Que en primer lugar no explote al hombre y en segundo lugar que no sea una máquina de aniquilamiento de especies animales o vegetales.

Para el ecologismo solo de esta manera se acaba con la fuerza que ha traído desolación y ruina para el medio ambiente.

Como bien lo explica George Reisman, el ecologismo comparte la misma visión del socialismo y tiene al capitalismo como:

“(…) un sistema de maldad galopante, una completa locura y una continua lucha y conflicto, mientras que el socialismo es un sistema de planificación y orden racional, de moralidad y justicia y la armonía universal definitiva para toda la humanidad”

¿Pero es cierto?

¿Podemos culpar al hombre, al lucro, a la libertad económica? ¿Existe la explotación del hombre?

Tanto el ecologismo, como el socialismo tienen un parecido – no solo en lo que proponen -; sino también en el diagnóstico.

Si en el pasado la explotación la sufría solo una clase social, ahora la sigue sufriendo esa misma clase – y además -, todas las otras especies de animales, junto con toda la flora y el planeta entero.

Al igual que en el socialismo, el ecologismo como fuerza política se nutre de la errónea creencia que la libertad económica (el capitalismo) es intrínsecamente perversa. Porque – según su credo, en el capitalismo se explota al trabajador.

Desde luego, de haber sido esto cierto, veríamos en el mundo cada día más personas viviendo en la pobreza.

Porque si la riqueza de unos se debe a la pobreza de los otros, es de esperar que el número de personas viviendo en la pobreza hubiera aumentado de manera exponencial a lo largo de los siglos.

Pero sucede todo lo contrario: según el Banco Mundial en el año de 1820 más del 80% de toda la población mundial vivía en la pobreza extrema. Sin embargo, en el mundo de hoy, menos del 11% de la población mundial vive en esa condición. (Fuente: World Bank, press release 2013/04/17)

Entonces: si la primera suposición del ecologismo (que la comparte con el socialismo) se ha demostrado – por medio de la evidencia científica -, como falsa; ¿por qué suponer que la segunda premisa deba ser verdadera?

II. ¿El capitalismo destruye al planeta?

Rara vez sucede que en el movimiento ecologista se acepte que no existe la explotación del hombre por el hombre.

Sin embargo, siempre se afirma que el capitalismo es el responsable de la explotación irracional de los recursos y la destrucción del medio ambiente.

Desde el agujero de ozono, hasta la extinción masiva de especies y terminando en el “cambio climático” -, para el ecologismo todo se debe a un sistema que se fundamenta en la libertad, como lo es el sistema capitalista.

La equivocación surge de un postulado del ecologismo que explica cómo la naturaleza es valiosa por si misma. Simplemente por ser eso: la naturaleza nada más.

Se piensa que cada hoja, cada insecto es un valor en si mismo. Aunque no mejore en nada la vida del hombre.

Por lo tanto, para el ecologismo – como movimiento político -, cualquier alteración de la naturaleza, aunque sea para mejorar el bienestar del hombre, equivale a una explotación irracional y a la destrucción del medio ambiente.

Porque se estaría en tal caso alterando el valor intrínseco de la naturaleza misma. Y aunque eso produzca un beneficio en la vida del hombre, desde los movimientos ecologistas, se le condena.

De esta manera, el ecologismo ve la necesidad de ser hostil ante el capitalismo. Como lo expone George Reisman:

“el movimiento ecologista adopta la táctica de dar por sentados todos los beneficios de la actividad económica y procede como si existieran independientemente de esa actividad”

El propósito es condenar a la actividad económica. Hacerla culpable de la destrucción del planeta. Pero se oculta que si desaparece esa misma actividad económica, desaparecerían también todos los beneficios y la prosperidad que disfrutamos.

La verdad es que la mayoría de las actividades humanas no tienen un efecto destructor o dañino en el medio ambiente. Lo cual no significa que no se altere ese estado natural de las cosas con el propósito siempre de mejorar el bienestar del hombre.

El truco del ecologismo es condenar la alteración de ese medio ambiente, pero a la vez no mencionar, que gracias a ese efecto, se mejora la vida de millones de personas.

Lo que hace muy bien el ecologismo es centrarse en los escasos efectos menores de una actividad económica, que podrían considerarse nocivos.

Por ejemplo: el ecologismo condena el uso del petróleo y sus derivados. Sin embargo, ignora de manera premeditada que sin este recurso el transporte y la energía se encarecerían. Y por consiguiente todos nos empobreceríamos.

El caso de los agroquímicos también es típico. Gracias a los diferentes productos químicos que se utilizan en la agricultura, la producción de alimentos se ha multiplicado y se producen mayores cantidades y a un precio menor.

Pero basta que en determinado lugar se llegue a dar un uso inadecuado de los agroquímicos, para que el movimiento ecologista mundial la emprenda contra todos los agroquímicos, en todos los lugares, en todas las situaciones y contra todos los fabricantes.

Obviando el hecho que si se llegaran estos a prohibirse, la producción de alimentos disminuiría, el precio de los mismos aumentaría y por ende todos nos empobreceríamos.

III. La coerción ecológica

Una forma muy común de coerción empleada por el ecologismo, para favorecer su agenda ideológica, es encarecer una tecnología; para artificialmente favorecer a otra – justificando la intervención mediante la consabida protección del medio ambiente.

Esto represente un empobrecimiento de las personas, al obligarlas a usar una tecnología que de manera voluntaria y en un mercado libre nunca hubieran preferido usar.

De esta manera se cabildea para que se impongan toda clase de gravámenes a las tecnologías “sucias”. Falsificando así los precios y convirtiendo a los individuos en marionetas del poder gubernamental, para obligarlos a consumir esto sí, pero aquello no.

Por ejemplo, el ecologismo lucha contra el motor de combustión interna. Los ecologistas realizan toda clase de esfuerzos para encarecer el costo de esta tecnología. Y abogan para obligar a las personas a que compren automóviles con tecnologías “limpias”.

Es decir, encarecen artificialmente una tecnología que hasta el momento es más eficiente, para favorecer a otra – que hasta el momento -, es menos eficiente.

Pero si en verdad los automóviles “limpios” y en general todas las tecnologías “verdes” fueran más eficientes, serían por si solas más atractivas para el consumidor.

Y no sería necesario obligar a las personas a usarlas. Los individuos voluntariamente las usarían siguiendo sus propios y mejores intereses.

Otra forma de coerción usada por el movimiento ecologista es pregonar por el subsidio de estas tecnologías “limpias”. Pero si estas tecnologías “verdes” fueran de verdad más eficientes (o rentables), ¿para qué subsidiarlas?

Desde los tratados internacionales relativos al medio ambiente – y sin dejar de lado la legislación nacional -, se han creado toda clase de subsidios para favorecer a las industrias “ecológicas” en muchos países.

Sin embargo, los subsidios también falsifican los precios. Hacen rentable aquello que en verdad no es rentable. Y se produce lo que no debería producirse en condiciones normales.

Es decir, se derrocha capital en actividades que no benefician a nadie. Excepto al pequeño grupo que vive de esos subsidios que corren por cuenta del pagador de impuestos.

El caso más llamativo a nivel internacional es el del señor Elon Musk. Que se nos presenta, desde ciertas élites intelectuales, como un gran inventor.

Y que deslumbra a la prensa con sus estilizados automóviles eléctricos de vanguardia. Que es capaz de presentar sus diseños futurísticos de vehículos que supuestamente pueden transportar a cientos de personas y a velocidades de cientos de kilómetros por hora.

Sin embargo, como nos informa el diario Los Angeles Times (05/31/15), el señor Musk recibe miles de millones de dólares en subsidios del gobierno de los E.E.U.U

Entonces, si los productos del señor Musk son tan innovadores y las personas están dispuestas a comprarlos, ¿por qué él no encuentra inversionistas privados para financiar sus empresas? ¿Por qué vive a costa del pagador de impuestos?

La respuesta es porque el señor Musk, al igual que otros empresarios que prometen tecnologías “limpias”, encuentran una forma más fácil de ganar dinero.

Simplemente extienden su mano para recibir el cheque de parte del burócrata, que está dispuesto a intervenir en los mercados para supuestamente salvar al medio ambiente.

IV. La carga de la prueba

Asumamos por un instante que todo lo que el ecologismo predica es cierto y que estamos ante las puertas de una hecatombe ecológica con dimensiones planetarias.

Aún con ese escenario: ¿por qué deberíamos suponer que las soluciones que nos tratan de imponer los ecologistas son las mejores?

¿Por qué deberíamos confiar ciegamente en que para evitar este “holocausto ecológico”, debemos creer que el uso de la coacción gubernamental es la mejor solución de todas las posibles?

La carga de la prueba siempre recae sobre los que desean usar la imposición del Gobierno (la ley) para obligar a los demás a realizar lo que otros desean.

Por ejemplo: ¿dónde está la evidencia que nos demuestra cómo los subsidios a las tecnologías “verdes” aumentan la riqueza de todos?

De igual manera ¿dónde está la evidencia que nos demuestra que, encareciendo mediante impuestos cierta clase de productos en beneficio de otros, lograremos todos aumentar nuestro bienestar?

¿Y si después, por haber implementado lo que el ecologismo nos receta, descubriéramos que estamos mucho peor que antes?

¿Si al final resultare que por habernos gastado grandes cantidades de recursos mediante la imposición de más tributos y de un Gobierno más grande, descubriéramos que era innecesario para evitar la supuesta tragedia que se predice?

Es por esta razón que el problema no puede dejarse en manos de los “expertos” en el clima y menos en las manos del ecologismo como movimiento político.

V. El ecologismo es colectivista.

Otra de las características del movimiento ecologista es estar dispuesto a hacer responsables a los individuos personalmente por los efectos negativos causados por otros.

Por ejemplo: supongamos que usted mismo decide voluntariamente reciclar la mayor cantidad de la basura que usted produce en su hogar.

Sin embargo, si una corriente ecologista cabildea para crear un impuesto y encarecer los productos “no amigables con el ambiente”, usted pagará ese costo adicional igual que todos los demás.

Recicle usted o no recicle usted su basura, igual pagará el nuevo impuesto en los productos que el ecologismo decida que no son “amigables con el ambiente”.

En estos casos lo que en verdad sucede es que el ecologismo le está haciendo a usted, un individuo – que sí recicla su basura -, sufrir las mismas consecuencias que los otros individuos que no reciclan su basura.

Poco importa que los efectos independientes e individuales sean positivos o negativos, el ecologismo no ve otra solución que el castigo colectivo para todos, en todo lugar y en todas las situaciones.

Desde luego el ecologismo justifica esto al colocar el interés individual por debajo del interés “colectivo”.

Lo que es simplemente una forma más sofisticada de decir que se pueden ignorar por completo las acciones que los individuos coordinan entre si mediante el sistema de precios. Esto para el ecologismo no importa como medio para resolver los problemas.

Otro ejemplo muy ilustrativo es la llamada guerra contra el plástico de parte del movimiento ecologista mundial. Supongamos que su vecino le arroja en su patio desechos de botellas de vidrio usadas.

¿A quién culparía usted: a su vecino o los fabricantes de botellas de vidrio? Es de la más elemental lógica ver que la responsabilidad la tiene su vecino, no los fabricantes de botellas.

En este ejemplo, su vecino sería responsable de arrojar los desechos de botellas en su propiedad. Nadie en sus cabales podría culpar a los productores de botellas de vidrío.

Sin embargo, con las botellas y bolsas de plástico sucede exactamente lo contrario. No se culpa a las personas que irresponsablemente las arrojan en la calle o en los ríos; sino que se culpa y se castiga a los fabricantes de esos mismos productos plásticos.

Aquí de nuevo vemos como no importan las acciones independientes o individuales. La única solución es el castigo colectivo, puesto que se pide la prohibición del plástico o la aprobación de impuestos para premeditadamente encarecerlo.

En ambos casos se perjudica a todas las demás personas. Porque se incrementa el precio, los costos o simplemente se le niega la posibilidad de usar productos plásticos – como bolsas o botellas -, a los demás cuando así voluntariamente lo decidan.

De nuevo, debido a las acciones de otros, el ecologismo pregona un castigo colectivo. Siempre colocando al individuo en un lugar inferior y colocando la coacción gubernamental en un lugar superior.

VI. El cientificismo ecológico

Tal vez el mayor daño que ha hecho el ecologismo es implantar en las mentes de muchos hombres, la falsa creencia que debemos dejar todas las decisiones en manos de los expertos o de los científicos.

Se nos hace creer que la única manera de descubrir la verdad es a través del método científico. Ignorando que este es solo una entre las muchas maneras que el hombre tiene para descubrirla.

El método científico es apropiado para las ciencias naturales, eso no se discute. La observación y la experimentación pueden contestar muchas preguntas sobre la biología o la astronomía.

Pero cuando el ecologismo anuncia que existe un “consenso” en la comunidad científica sobre cómo las actividades humanas están alterando el clima mundial, no solo lo hace para dar a conocer ese supuesto “consenso” científico; sino que el propósito es barnizar a la vez sus soluciones (que siempre implican una mayor coerción gubernamental), como si también fueran igualmente verdades científicas.

La ciencia no avanza mediante consensos. El método científico no funciona con verdades reveladas, necesita de un alto grado de escepticismo.

Por esta razón no solo se debe cuestionar ese supuesto “consenso”, más importante aún, se deben cuestionar siempre las soluciones que predica el ecologismo.

De no hacerse esto los enemigos de la libertad podrán regir como quieren. Porque lo que están forjando es una idea perversa: que la libertad no consigue nada salvo la destrucción del planeta.

Cuando en verdad es gracias a la libertad que gozamos de mayor bienestar, pero sobre todas las cosas, es mediante la libertad que nos dignificamos como seres humanos.

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