Drogas: ¿la guerra perdida?

Sergio Villalta Libertad 2 Comments

Por: Sergio Villalta

I. La Ley Harrison.

En el año de 1907 el señor Francis B. Harrison del Estado de Nueva York ganó un escaño en la Cámara de Representantes del Congreso de los E.E.U.U.

El señor Harrison era un político de carrera y había sido congresista unos años antes. También fue candidato a vicegobernador. Y hasta candidato a la nominación presidencial del Partido Demócrata.

Como todo miembro tradicional de su partido en esos años, el señor Harrison era muy tolerante con el segregacionismo del sur. También creía en una política exterior intervencionista. Fue incluso Gobernador General de Filipinas.

Pero sobre todo el señor Harrison era un hombre de fuertes creencias morales. Y siempre estuvo decidido a imponer sus valores en las demás personas usando la coacción del gobierno.

El 17 de diciembre de 1914 se aprobó en el Congreso de los E.E.U.U. la Ley Harrison, para gravar fuertemente a los narcóticos. En especial al opio y a la cocaína – e imponía requisitos severos para su consumo.

La ley pronto degeneró en la prohibición total. Se iniciaba de esta manera una guerra contra las drogas que lleva ya más de 100 años.

II. ¿A quiénes no beneficiaba la prohibición de las drogas?

Ciertamente a los adictos no les beneficiaba en nada la Ley Harrison. Porque en lugar de visitar a su médico – como sí lo podían hacer antes -, para que se les diera una dosis bajo su cuidado y responsabilidad, ahora no lo podían hacer.

A los adictos se les condenó a vivir en el submundo de un mercado “ilícito”. Mercado que sufre las consecuencias de haber sido declarado ilegal.

Donde los vendedores de drogas no pueden presentarse ante un juez y pedirle que obligue a uno de sus compradores a honrar un pago.

Por eso la única salida es la violencia. Y la única justicia y protección la otorgan las bandas criminales.

Como si ya no fuera suficiente llevar el estigma de ser un adicto a las drogas, después de la prohibición total, al adicto se le impuso una carga aún más pesada: la de estar asociado con criminales y vivir en medio de la violencia.

A los médicos tampoco les benefició en nada la prohibición. Ahora no podían ganar dinero tratando a los adictos, porque no existía ningún incentivo para llegar a las clínicas. Los adictos ya no podían conseguir su dosis diaria de manos de su médico.

A la policía tampoco le benefició. Ahora tendrían más trabajo, debían reprimir un mercado “ilícito” de narcóticos que no existía antes y que fue creado por la misma ley.

Esto distrae recursos para combatir delitos que sí producen víctimas inocentes como: el homicidio, el robo o la violación sexual.

A los jueces y al sistema judicial tampoco les benefició la prohibición total. Igual que le sucedió a la policía, ahora tendrían más trabajo procesando y sentenciando a los adictos y vendedores de droga. En lugar de atender a los delitos que sí producen un verdadero daño en las víctimas inocentes.

Los gobiernos locales también salieron perjudicados. Debían buscar dinero para financiar la represión de ese mercado “ilícito” de drogas.

Más policías, más cárceles: significa menos dinero para gastar en otras cosas o subir los impuestos para financiar la nueva guerra.

A la familia como institución y base de la sociedad tampoco le beneficio la prohibición. Porque se incremento el número de familias que deben mantenerse con uno solo de los padres, cuando el otro está encarcelado debido a la prohibición.

Si algo quedó muy claro es que esta guerra contra las drogas no la pidió la comunidad médica, ni la policía, ni los jueces; menos los adictos.

III. ¿A quiénes sí beneficiaba la prohibición?

Solo existió y sigue existiendo un solo grupo que al final ha salido muy beneficiado a lo largo de estos más de 100 años de guerra.

Sin lugar a dudas, el único beneficiado, es el capricho de los políticos estatistas – aquellos cuya ideología es imponer sus valores morales a los demás mediante el uso de la violencia.

Existe una intolerancia en todo aquel que no tolera el vicio ajeno. Y esto lleva a reprimir aquello que considera desagradable, usando la fuerza más letal de todas: la fuerza de la ley. Esto siempre produce efectos muchos más dañinos que lo que se prohíbe.

El incremento en el tamaño del Gobierno, el incremento en la violencia para reprimir los mercados “ilícitos”, o el incremento del poder gubernamental en vigilar, controlar, arrestar y confiscar a los sujetos y objetos de esos mercados; son todos efectos muy dañinos de esta perversa idea de prohibir lo desagradable.

Siempre han existido – y seguirán existiendo -, aquellos que aplican la maquinaria oficial de la violencia (la ley), para obligar a los demás a aceptar los valores morales de otros; negándole al hombre la libertad de disponer de su vida y también de su propiedad.

Como el estatista falla en persuadir a los demás para que adopten sus valores morales, debe recurrir a la violencia gubernamental.

Así – tarde o temprano -, llega al punto en que ve necesario que el Gobierno interfiera en las elecciones morales y acciones personales del hombre.

La Ley Harrison de Narcóticos y todas las demás leyes que le han seguido, que prohíben el consumo y venta de drogas, son en esencia una consecuencia de esta perversa idea.

Al actuar de esta manera el estatista consigue dos cosas: (a) Logra imponer sus creencias personales en las demás personas. (b) Aumenta el tamaño y poder gubernamental.

Pero en una sociedad libre no es asunto del Gobierno salvar almas. No es asunto del poder estatal moralizar. Tampoco es asunto del Gobierno forzar a que las personas sean virtuosas.

Porque a los ciudadanos no se nos debe colocar en el papel de niños y el Gobierno tampoco debe jugar el papel de padre de familia.

Murray Rothbard lo explica:

“Lo inmoral o “vicioso” puede consistir en una miríada de acciones humanas, desde asuntos de importancia vital, a ser desagradable con el vecino o dejar de tomar las vitaminas voluntariamente. Pero ninguna de ellas debería confundirse con una acción que debería ser “ilegal”, esto es, una acción que debe ser prohibida por la violencia de la ley (…) proscribir algo porque puede dañar a su usuario lleva directamente hacia la jaula totalitaria, donde la gente tiene prohibido masticar caramelos y está obligada a comer yogur “por su propio bien”

IV. ¿A quién le pertenece su cuerpo?

Bajo todas las justificaciones que los partidarios de la guerra contra las drogas puedan enunciar, esta una de las más horripilantes y enloquecedoras ideas que jamás se haya puesto en práctica: la noción que el cuerpo de un hombre no le pertenece a él, sino al Gobierno.

La pregunta es: ¿quién debe tener el derecho moral de decidir sobre lo que hará con su propio cuerpo? ¿De quién es la vida? ¿Suya o del Gobierno?

En última instancia si usted no tiene el derecho de hacer con su cuerpo lo que quiera, entonces ¿cuáles otros derechos sí tiene?

Andrew Bernstein una vez enfocó esta pregunta de manera muy simple:

“La idea de que el Estado tiene derechos de propiedad sobre tu cuerpo sólo puede tener una última consecuencia: el fin de la libertad”

Ciertamente si siguiéramos esta perversa idea siempre: ¿en dónde finalmente pararíamos? ¿Por qué no prohibir todo lo que se considere dañino?

Por ejemplo: el abuso en el consumo de azúcar es muy dañino. Igual que el abuso en el consumo del tabaco. Entonces: ¿por qué no prohibir el tabaco y el azúcar?

¿Y el abuso en los juegos de azar? ¿No es algo dañino también? ¿Y la prostitución? ¿Y por qué detenernos solo con prohibir lo que sea dañino para el cuerpo del hombre nada más?

¿No sería también más importante prohibir todo lo que daña la mente de los hombres? ¿Acaso no causa más daño en las mentes vírgenes un libro, que siembre las ideas incorrectas o deforme los valores morales, que el daño que pueda producir una cucharada de azúcar o un cigarrillo?

Entonces: ¿por qué no prohibir también los libros que sean dañinos? ¿Y por qué parar solo con los libros? ¿Por qué no prohibir toda la música que sea dañina?

¿Y el adulterio, no se podría considerar como algo perjudicial para la institución del matrimonio? ¿Por qué no prohibirlo también?

Una vez que se abre la puerta, para que esta aterradora y horrenda idea se propague – la idea que el Gobierno tiene el derecho de propiedad de su cuerpo y puede por su bien prohibirle lo que sea –, es robarle el fuego a los dioses.

Como toda buena intención, que es una mala idea a la vez, de forma impensada provoca un efecto dantesco.

V. Evitar que alguien se haga daño a si mismo: ¿no es algo moralmente aceptable?

Generalmente el argumento se formula con una pregunta. Se dice: ¿el prohibir las drogas, no es algo moralmente justificable, para evitar que las personas se hagan daño a si mismas?

Esto lleva implícita la idea que es justificable desde un punto de vista moral iniciar el uso de la fuerza por el bien del otro. El error es pensar que el papel de Gobierno es proteger a las personas de si mismas.

Porque una vez que se traspase esa línea no existe límite alguno. Siempre se podría prohibir lo que sea, mientras el gobernante considere que lo hace para proteger a la persona de si misma.

En el caso concreto de los narcóticos y demás drogas, si una persona conscientemente decide consumirlos – aún a sabiendas que eso le producirá un daño fisiológico -, o incluso no estando enterado de esa consecuencia dañina, ¿estaría mejor si por la fuerza se le impide consumirlos?

¿Estaría mejor esa persona si se le condena a buscar lo que quiere consumir en un mercado ilegal o se le condena a pagar un precio más alto en ese mercado?

Aunque el acto de consumir narcóticos sea un acto irracional, no se consigue que la persona vuelva a la racionalidad si por la fuerza se le impide consumirlos.

Lo único que se consigue es que esa persona – siguiendo su irracionalidad -, busque las drogas en otro lugar. Corriendo a la vez mayores riesgos y pagando un mayor precio.

VI. Si la prohibición no ayuda a los adictos, ¿al menos no ayuda al resto de las personas?

Uno de los argumentos más usados por los que apoyan imponer sus valores sobres los demás es decir: “el adicto a las drogas se enfermará, tendrá que ir a un hospital y tarde o temprano yo tendré que pagar por su irresponsabilidad”

Sin embargo, este argumento lejos de ser una razón para continuar con la guerra, es más una razón para reformar el sistema de seguros médicos.

Con el actual sistema en muchos países la irresponsabilidad del que abusa – no solo de las drogas ilícitas -, sino también del tabaco, del alcohol, de la comida “chatarra”, etcétera, se le cobra a los demás.

En un verdadero sistema de salud donde cada quien deba pagarse su seguro médico, el que abusa del tabaco o cualquier otra substancia tendría que pagar primas más altas. Porque correría un mayor riesgo de sufrir una enfermedad.

Nadie debe en principio pagar por la irresponsabilidad de otros, pero eso no justifica la guerra contra las drogas.

VII. Y si las drogas fueran legales: ¿no aumentaría esto el consumo?

Aquí se parte de una premisa falsa. Se cree que la persona que no consume drogas lo hace porque es algo prohibido o su venta es ilegal.

La realidad es que aún cuando la venta de las drogas (narcóticos y demás) está prohibida, estos se consiguen casi en cualquier esquina en la mayoría de las ciudades.

Las personas que no consumen drogas, no lo hacen porque sean substancias ilegales, sino por convicción propia. De igual manera que muchas personas no consumen tabaco, a pesar que la venta de cigarrillos es lícita.

Incluso muchos de los que se oponen a la prohibición, estarían en contra del consumo de drogas después que su venta y consumo se legalice.

Así como muchos ahora predican en contra del uso o abuso del tabaco, pero no por eso abogan por su prohibición.

VIII. ¿Qué ha producido la guerra contra las drogas?

Evidentemente no ha acabado con el consumo de drogas, tampoco ha logrado disminuir su uso. Si ha logrado aumentar los presupuestos de los Gobiernos. También ha logrado aumentar el poder de coerción sobre las personas.

Y ha erosionado los derechos individuales. Porque con el pretexto de fortalecer la lucha contra las drogas, se justifican toda clase de atropellos en contra de la privacidad y de la propiedad de las personas.

Sin embargo, tal vez el daño más grande que ha producido esta irracional guerra es haber cimentado la falsa creencia que el uso de la violencia contra los que no han agredido a nadie más – salvo a si mismos -, se justifica.

La guerra contra las drogas es irracional, porque el bien no puede ser impuesto por la fuerza. Inyectarse heroína no es una acción racional. Nadie lo discute. Pero tampoco es racional obligar a otro a convertirse en algo que no valora ni desea ser.

Si el bien se pudiera imponer violando los derechos de otros, ¿qué razón existiría en que esos otros tengan derechos? Solo existe una única manera racional para buscar el bien de los demás: no usar la violencia contra los que no han agredido a nadie.

Ni siquiera y especialmente contra los que se agreden a si mismos. Hacer lo contrario – es decir -, utilizar la violencia para imponerles el bien a los demás, cuando esos otros no lo desean, es engañarse uno mismo de una manera igualmente irracional.

Porque en cuanto los demás se liberen de la coacción actuarán en contradicción al bien que les fue impuesto. Y aún más importante: ¿si alguien no ha aceptado el valor moral de no agredirse, con que autoridad se le puede agredir, para que no se agreda a si mismo?

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