Alarmante crecimiento de la deuda pública

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Por Jorge Corrales Quesada

(Costa Rica) Los últimos gobiernos han gastado y gastado excesivamente nuestra plata, de manera que han llevado a que el país tenga déficits preocupantes. El pueblo, acertadamente, no ha querido aprobarles mayores impuestos, pues bien sabe que simplemente servirá para que prosigan en el dispendio de los fondos públicos. Me imagino que, en parte, porque se tuvo banqueros centrales relativamente sensatos, quienes no siguieron el camino de la emisión monetaria para financiar al estado costarricense, dando lugar a una dolorosa inflación, los gobernantes, también frenados por la no aprobación de mayores tributos, acudieron al único camino que les quedaba, para no verse obligados a frenar la expansión del gasto público: Acudieron al endeudamiento; esto es, a pedir prestado.

Podían haberlo hecho en el país; esto es, aumentando lo que se conoce como deuda interna, pero principalmente el estado lo hizo endeudándose con el exterior; es decir, aumentando la deuda externa. Lamentablemente, el artículo del periódico La Nación del pasado 24 de marzo y que lleva por título “Peso de la deuda pública alcanza récord en 10 años: Endeudamiento del Gobierno Central llegó a 39% del PIB en el 2014”, no hizo el interesante desglose del endeudamiento del gobierno central (ni siquiera fue del gobierno total) en sus dimensiones interna o externa a través de esos años. Pero, al fin y al cabo, ya sabemos que es el gobierno central el que más suele endeudarse entre los distintos integrantes del estado. Además de que es conocido que en los últimos años el gobierno central ha acudido a un mayor endeudamiento con el exterior, en comparación con el del propio país, por la obvia razón de la caída relativamente más significativa de las tasas internacionales, experimentadas al menos en los años más recientes: se ha tenido un costo relativamente menor del endeudamiento externo que del interno.

Debo hacer justicia e indicar que el periódico señala que “la deuda pública total, que incluye también al Banco Central y al resto del sector público, representó un 58.6%” del PIB. Lamentablemente, si bien es muy interesante, este dato es puntual y no hay una serie que nos muestre el endeudamiento total a través de los últimos 30 años, como sí lo hace en el caso del endeudamiento del gobierno central. Pero, un 58.6% del PIB como endeudamiento público, es una cifra que debe obligarnos a pensar en torno a lo que procede ir haciendo, para evitar una crisis en cuanto a tener acceso a fuentes de financiamiento que podrían ser una buena opción (como cuando se usa en proyectos de inversión y no en gastos corrientes, en donde los primeros se espera que tengan un rendimiento superior a su costo de financiamiento).

Lo más importante de destacar es que 2014 fue el año en que la deuda pública del Gobierno Central llegó al nivel más alto de los últimos años, como proporción del Producto Interno Bruto (PIB). Lo lamentable es que, en el 2004, habíamos llegado casi a un porcentaje máximo de un endeudamiento similar, pero, a partir de ese año, se inicia una deseable declinación del porcentaje de endeudamiento del gobierno central, hasta llegar en el 2008 casi al nivel histórico más bajo del período 1984-2014: cerca del 25% del PIB.

Este comportamiento exitoso de reducción del endeudamiento del gobierno central, se revierte a partir del 2008 -año en que, a fines de él, se inicia la denominada crisis global de los últimos tiempos- ascendiendo de un 25% del PIB en el 2008 a un 39.3% en el 2014; esto es, un crecimiento de algo más de un 14% durante los últimos seis años.

Uno de los inconvenientes de una política de endeudamiento gubernamental es que tiende per se a aumentar las tasas internas de interés que se cobran por el financiamiento de inversiones de las empresas, lo cual ocasiona que la producción crezca menos en comparación con una situación de menores tasas. Pero, como bien lo señala el anterior presidente ejecutivo del Banco Central, don Rodrigo Bolaños, “en los últimos años… las tasas no han subido mucho por las ventas de bonos en el exterior, que el Gobierno hizo hasta este año”, según lo indica el informe periodístico. Ciertamente el período recesivo global de los últimos tiempos y la política agresiva del Banco de Reserva Federal de los Estados Unidos (FED), han ocasionado que hayan caído las tasas de interés denominadas en dólares en los mercados internacionales. De cierta manera, esa fue una salvada para el gobierno gastón de los últimos años, el cual no tuvo que pagar un costo alto por dicho endeudamiento y, por lo tanto, tuvo un menor efecto interno sobre las tasas de interés. Pero, como ya lo han advertido muchos economistas, el fin de esas políticas monetarias laxas, principalmente de los Estados Unidos, parecen estar próximas a su fin, lo cual causará, sin duda, un efecto negativo mayor en nuestra economía que al experimentado hasta la fecha, si es que proseguimos con nuestra disparada política de endeudamiento externo.

Creo que es un error circunscribirse únicamente al efecto negativo que sobre las tasas de interés internas ocasiona un endeudamiento externo en las circunstancias expuestas. Y es que cualquier endeudamiento, que en su momento incurra el gobierno, deberá ser enfrentado en algún instante -pagado- y para ello se deberá acudir a aumentar los impuestos o a emitir dinero por el Banco Central, pero eso crearía problemas aún mayores. Asimismo, podría encararlo renovando el endeudamiento, algo de lo cual hemos hecho, pero esa “rotación de la deuda” en su momento llega a un límite, como puede hoy atestiguarlo el gobierno griego o nosotros después del 82. El inevitable incremento de los tributos es descontado en la economía nacional, de manera que tendrá presente que, en el largo plazo, las utilidades netas o ingresos netos serán posiblemente menores, a causa de los mayores tributos para pagar aquellas obligaciones. Ello puede incentivar un retraimiento de los planes de inversión del momento.

Este punto es analizado por un estudioso del tema, el profesor James M. Buchanan, quien indica en su obra The Public Finances, que “Si el gasto financiado con endeudamiento resulta ser productivo, el contribuyente de períodos posteriores por supuesto que puede estar mejor, aún en la necesidad de tener que pagar intereses por la deuda, que lo que estaría si no se hubiera emitido la deuda. Pero, esto es irrelevante para el problema de ubicar el verdadero costo de las erogaciones, lo que se conoce como la carga de la deuda. El problema es precisamente ese de ubicar al individuo o al grupo que ‘paga por’ los beneficios obtenidos a partir del gasto público, con total independencia de si el gasto en sí es productivo o improductivo. La emisión de deuda tiende a trasladar esta carga del pago sobre el contribuyente en períodos subsecuentes a la emisión de la deuda –la operación del gasto. Los impuestos, por contraste, tienden a poner la carga sobre los individuos en el período en que el gasto es llevado a cabo. Esta es la diferencia básica entre los dos métodos de financiar el gasto público, y el fracaso de así reconocer este punto puede tan sólo conducir a la confusión.” (Op. Cit., p.p. 304-305).

Desde el punto de vista de la política económica del gobierno, vale la pena tomar en cuenta la observación que formula el exministro de Hacienda, don Edgar Ayales, quien indica que “en la medida que su deuda suba, el Gobierno requiere pagar más intereses y le va quitando al país la posibilidad de invertir en obras estatales.” En sencillo, podría llegar el momento en que el endeudamiento del gobierno como porcentaje del PIB es tan alto, como para que los prestamistas exijan tasas mayores (pues el país se convierte en un riesgo mayor).

Por su parte, el actual ministro de Hacienda, don Helio Fallas, señala que “para detener dicho crecimiento [la deuda del gobierno central como proporción del PIB], el Gobierno labora en dos áreas: la reducción del déficit, especialmente el primario (ingresos, menos gastos, excluidos los intereses), y el crecimiento económico.” Y es a esto último a lo cual quiero referirme, en especial cuando el señor Fallas señala que “realizan esfuerzos para que la producción crezca este año un poco más del 3.4% que prevé el Banco Central.”

No hay duda de que, con lo que nos dice don Helio, se encuentra metido en un zapato. Primero nos dice que, para lograr reducir el porcentaje del PIB que representa el endeudamiento del gobierno central, es necesario reducir el déficit primario y crípticamente no nos dice cómo lograrlo, sino que tan sólo señala entre paréntesis “(ingresos, menos gastos, excluidos los intereses)”. Pero no indica, con la claridad requerida, lo que ha venido haciendo el gobierno, cual es que ha aumentado su presupuesto de gastos ordinarios del gobierno central para el 2015 en un 19%, con respecto al equivalente del año anterior. Esto pone en seria duda el logro objetivo que señala el ministro Fallas para reducir el déficit, cual es el de “menos gastos”. Aún más, en su obscura frase entre paréntesis, tan sólo nos dice “ingresos”, me imagino que se debe a que no quiere señalar que la mayor claridad de propuestas políticas que ha hecho esta administración para reducir el déficit gubernamental, lo ha sido por la vía de aumentos en los impuestos; es a ello a lo que se refiere cuando dice “ingresos”.

Esto último nos lleva al segundo factor que, en opinión de don Helio, contribuirá a reducir el porcentaje que del PIB representa el endeudamiento del gobierno central. Según él, lo será mediante el crecimiento de la economía. Por supuesto que, si crece la economía -el PIB, el denominador del cociente-, si se mantiene sin crecer el numerador, que es la deuda externa del gobierno, velis nolis, decrecerá el cociente. El ministro Fallas, en una especie de anhelado canto del cisne, nos asevera que se “realizan esfuerzos para que la producción crezca este año un poco más del 3.4% que prevé el Banco Central.”

Don Helio no sólo no nos indica cuánto crecerá este año el endeudamiento del gobierno central, para estimar lo que sucederá con el cociente deuda pública/PIB, sino que su esquema analítico contiene una enorme contradicción. Si se aumentan los impuestos, como lo propone, no va a lograr que aumente la producción, sino todo lo contrario: la única posibilidad de compatibilizar una reducción del déficit con un mayor crecimiento de la economía parece radicar en una reducción del gasto gubernamental y, a la fecha, vemos que eso quedó en promesa de campaña política. Si aumenta los impuestos como medio de reducir el déficit gubernamental, precisamente originado por un gasto excesivo por encima de las recaudaciones del gobierno, no logrará ni siquiera el moderado crecimiento de un 3.4% para este año estimado por el Banco Central.

A lo anterior debemos agregar lo indicado a La Nación por don Rodrigo Bolaños, con base en un libro de Reinhart y Rogoff, que se resume en lo pertinente que “en el caso de Costa Rica, con base en cifras de 1950 al 2009, cuando la deuda del Gobierno Central estuvo por debajo del 30% de la producción, nuestro país tuvo un crecimiento económico de un 6.9%… Sin embargo, cuando la deuda osciló entre 30% y 60%, dicho crecimiento bajó a 5% y conforme aumentó más del débito, menos creció el país.”

Debido a que en estos momentos el gobierno está considerando la colocación de mayor deuda en los mercados internacionales y a que no define claramente una reducción sustancial de su gasto, y que, más bien, busca imponer sobre la economía nuevos y mayores impuestos, en un marco caracterizado ya por una amplia incertidumbre en la economía, todo en conjunto hace que las posibilidades optimistas de lograr un mayor crecimiento más se parezcan más a un sueño de opio que a otra cosa.

Lamentablemente para todos nosotros, los ciudadanos, el desorden en el manejo fiscal tiene que ser debidamente corregido para que se nos cause el menor daño posible. Las cuentas por el desorden habido ya tienen que ser pagadas, pero no es legítimo ni moral acudir a medidas que no contribuyan a sanear efectivamente nuestra economía, sino, por el contrario, a empeorarla aún más. Si no se frena el gasto estatal, es poca la mejoría que se podrá lograr y, más bien, de no hacerlo ocasionará daños futuros aún mayores.

Publicado en ASOJOD el 28 de Julio del 2015

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