Estudiantes de primaria apenas salen con lo básico

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Por Jorge Corrales Quesada

Pocas noticias pueden entristecer tanto como la que informa La Nación del 29 de octubre, en su artículo “Niños salen de la escuela apenas con destrezas básicas: Hallazgos del VI Informe del Estado de la Educación.” En resumen, en ese informe se señala que “de acuerdo con una serie de pruebas para evaluar conocimientos, los niños en las escuelas se ubican apenas en los niveles más bajos de desempeño en Español, Matemáticas, Estudios Sociales y Ciencias.” Diay, pues en casi todo; posiblemente en las principales áreas del conocimiento que se desea que lo adquieran.

Esto preocupa, no sólo por la importancia que tiene en sí una población infantil con buenas habilidades producto de la educación, sino también porque histórica, y más aun recientemente, la sociedad costarricense ha destinado muchos recursos para dicha educación. Es verdad que, si bien el 8% del PIB que los costarricenses dedicamos a la educación pública, tal vez porcentualmente es mucho lo que va a dar a las universidades estatales y porcentualmente menos a la educación primaria (y a la secundaria) pública, lo cierto es que se trata de una suma importante y creciente. Uno esperaría, normalmente, que si se dedican más recursos a esa educación, los resultados mejoren, pero eso no parece ser así, pues, como lo expresa aquel informe. “la mayoría de esos (niños en las escuelas) apenas están alcanzando las destrezas mínimas,” según lo indican dos pruebas usadas para medir su rendimiento, como son las que hace el Ministerio de Educación Pública (MEP) a los alumnos de sexto grado, al igual que el programa internacional TERCE para alumnos de tercero y sexto grado, medición que la realiza la UNESCO.

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Indica La Nación que esas pruebas del MEP “revelaron que los niños no saben distinguir figuras literarias, ni resolver problemas matemáticos con fórmulas básicas” y que “la habilidad de resolución de problemas es una de las principales fallas en todos los dominios (geometría, numérico, medidas, estadístico y probabilidad).” Obviamente, son problemas apropiados para que los resuelvan a su edad, nada fuera de ese nivel de educación.

En cuanto a los resultados del TERCE, indica La Nación que “la mayoría de los niños estaba en los niveles I y II, que son los más bajos.” Agrega que “en comprensión lectora, los resultados evidenciaron… ‘una grave deficiencia de los niños al finalizar primaria’ [según TERCE], pues no reconocen expresiones en lenguaje figurado, sinónimos, pronombres, verbos y signos ortográficos.” Por su parte, “en Matemáticas” el 54.4% de los alumnos no tiene “la destreza para resolver problemas que involucran figuras geométricas, aplicar operaciones de números naturales o interpretar información presentada en tablas o gráficos.”

Lamentablemente esto es muy grave y más aún, como dice Isabel Román, responsable del informe del Estado de la Educación, porque “estos bajos resultados se arrastran e inciden en el mal desempeño que tienen los estudiantes cuando llegan a secundaria.” Y me atrevo a pensar que tal vez que esos malos resultados inciden en todo el proceso educativo formal del país, pues lo que se aprende en primaria es piedra fundamental para el resto de la educación. Si esa base flaquea, me temo que no hay mucha esperanza de buena calidad de los estudiantes en el resto de niveles educativos.

Adicione a lo anterior que la cobertura -esto es, la cantidad de niños en edad escolar que debería estar estudiando- se redujo en los últimos cinco años en casi un 4 por ciento, pues mientras en el quinquenio del 2005 al 2011 fue de un promedio superior al 97 por ciento, ese porcentaje se redujo a casi un 93 por ciento en el 2016, por razones que las autoridades dicen desconocer. (Deberían conocer las razones, pues eso es crucial en la educación del país).

El problema de la baja calidad de los estudiantes de nuestra educación primaria ha de estar en un sitio primordial del interés de los ciudadanos. Es hora de cuestionarnos seriamente si toda esa falta de competencia, de una administración en donde el buen uso de los recursos no es consustancial con el logro de la eficiencia y bajo un sistema en donde no priman los incentivos para ese buen uso, es la raíz del problema expuesto.


Publicado simultáneamente en ASOJOD y en PuroPeriodismo.

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