El buen uso de los fondos escasos: el caso de los ancianos pobres

Jorge Corrales Liberalismo Leave a Comment

Por Jorge Corrales Quesada

Ha salido a la luz un informe de la Contraloría General de la República en torno al uso de recursos públicos para dar fondos a los ancianos. Lo consigna la edición del 17 de setiembre de La Nación, en el artículo titulado “Contraloría señala desorden con ayudas a ancianos pobres: Informe sobre transferencia de recursos a adultos mayores.”

El principio que debe primar es que los fondos -públicos o privados; en este caso los primeros- son escasos y que, por tanto, es requisito esencial que se usen de la mejor manera posible, por dos razones: una, porque así se pueden obtener los mayores resultados buscados, al costo mínimo posible y, la otra, porque, al usarse esos fondos en una actividad específica -por ejemplo, transferirlos a ancianos- impide que se usen en otras cosas que podrían ser preferidas -¿qué sé yo?, salud, educación, caminos, y un largo etcétera- por lo que cualquier gasto debe tomar en cuenta el costo de oportunidad de esos recursos, cual es lo mejor uso que alternativamente se podría hacer con ellos.

El informe de la Contraloría destaca hechos que señalan que se podría mejorar el empleo de tales fondos e indica que las instituciones gubernamentales que entregan recursos a los ancianos pobres “carecen de la coordinación necesaria para evitar duplicaciones en la asignación de recursos y no poseen una estrategia unificada para atender a esa población.”

Ambas observaciones son pertinentes, si se tiene en mente la búsqueda del mejor uso de los recursos escasos, porque cualquier duplicación de ayuda significa que a alguien se le da más de lo que de alguna manera se considera conveniente y, también, porque, ante la limitación natural de recursos, a otros en necesidades similares no se les da ayuda del todo o se disminuye lo que perciben quienes ya reciben alguna ayuda.

Bien intencionada, pero creo que con total desconocimiento de un principio económico básico, cual es la existencia de recursos limitados para satisfacer una cantidad infinita de necesidades, la señora Zulema Villalta, presidenta ejecutiva del Consejo Nacional de la Persona Adulta Mayor (CONAPAM), dice que “no podemos atropellar derechos del adulto mayor pensando en que con los ₡78.000 que recibe al mes” del Régimen No Contributivo de Pensiones de la Caja (RNC), “puede resolver sus necesidades.”

Omite el hecho de que, no sólo es imposible que se puedan resolver todas las necesidades, sin que, también, cuando se duplica lo que algunos reciben de distintas fuentes, se deja de lado a otros que también podría requerir tales fondos.

Dice el informe citado de la Contraloría, que el financiamiento de hogares y centros diurnos está a cargo de diez instituciones diferentes, en donde “cada una transfiere por sí sola a los beneficiarios sin visión de conjunto,” adicionado a que, según lo consigna ese informe, “la Comisión Técnica del Protocolo de Coordinación (ente encargado de vigilar los asuntos de los ancianos)… no analiza la distribución de esas ayudas ni tampoco ha sistematizado controles para fiscalizar la entrega de esos fondos.” Esto significa que no sólo es posible que haya personas que reciben más de una (y no sólo dos, sino que pueden ser muchas más las fuentes adicionales), sino que, también, no hay conocimiento pleno de a quiénes se les entregan esos recursos -legalmente merecedores o no-, pues no se tiene la fiscalización debida.

Entre los entes que dan aportes a los ancianos o que intervienen en ello, de una u otra manera, además del Conapam, están, según un listado del artículo de referencia, la Junta de Protección Social, el Banco Central, el Instituto Nacional de Seguros, el Ministerio de Trabajo y el Régimen No Contributivo de Pensiones de la Caja Costarricense de Seguro Social.

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Donde hay orden está Dios, dice la sabiduría popular, pero parecido lo piensa cualquier administrador en su juicio correcto. Lo pertinentemente, señalado por la Contraloría, debe ser corregido de inmediato, antes de que pase el tiempo sin que se haga nada, incentivando el desperdicio, la injusticia y la corrupción en el uso de fondos públicos mal administrados.


Publicado simultáneamente en ASOJOD y en PuroPeriodismo.

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