Mi posición ante mis críticos

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Por Jorge Corrales Quesada

Me imagino que muchos de mis amigos lectores en Facebook han notado mis diversos comentarios críticos en lo referente a temas de orden público, los cuales son usualmente encabezados y calificados con la frase “El Estado Ineficiente”, la que, seguida de dos puntos, trata algún asunto que deliberadamente he seleccionado para que sea objeto de mi crítica.

Quienes se han referido a mis comentarios, en general, supongo que, a modo de queja por mi preferencia selectiva, lo han hecho principalmente porque consideran que lo que hago son sólo análisis negativos, en donde no se reconoce lo positivo de otras acciones de parte de la persona o de la entidad gubernamental.

Si fuera así de fácil interpretar la razón de esos comentarios, me parece que podrían descartarse con prontitud, señalando simplemente que lo hago de tal manera porque esa es mi preferencia y, como persona libre, nadie me ha de obligar a hacer lo que no quiero o algo distinto a lo que prefiero hacer. Pero deshacerse de tales reproches no es así de fácil, por lo cual intentaré adentrarme en las razones de mi preferencia.

La primordial es porque considero que la crítica tiene un propósito crucial en cuanto al avance del conocimiento. El eminente pensador Karl Popper escribe que “la actitud crítica, la tradición de la libre discusión de las teorías con el propósito de descubrir sus puntos débiles para poder mejorarlas, es la provisión razonable, racional… Puede describirse la actitud crítica como el intento consciente por hacer que nuestras teorías, nuestras conjeturas (que no son sino un conjunto de ideas que se usan para explicar un fenómeno), se sometan en lugar nuestro a la lucha por la supervivencia del más apto… así, obtenemos la teoría más apta que está a nuestro alcance mediante la eliminación de las que son menos aptas.”(Karl R. Popper, Conjeturas y Refutaciones: El Desarrollo del conocimiento científico, Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, S. A., p. 79. El texto entre paréntesis es mío.).

Esa eliminación de teorías menos útiles se hace por el método crítico, que nos permite acceder a una verdad provisional acerca de una hipótesis específica de un hecho, acción u observación concreta. Esa exclusión de teorías mediante la eliminación de teorías que permite la crítica. Eso hace que nuestro conocimiento se enriquezca. Tal como si el ser humano aprendiera de la prueba y el error, por lo que mostrar el error es algo profundamente útil.

Por ello, cuando uno formula una crítica a la ineficiencia del estado, la contribución que uno esperaría lograr con ella es que en esa administración del estado (en sus diversas dependencias o ramificaciones) se hagan mejor las cosas, descartando prácticas que conducen al desperdicio, la ineficiencia, las pérdidas y al agravio ciudadano.

Por su parte, cuando uno se pone a alabar las cosas que en el estado se hacen eficientemente, sin desperdicio, con todas las virtudes, ello sólo conduce a que la situación continúe inmutable, a no ser que, aceptando la bondad de la acción del momento, alguien pueda sugerir una forma aún mejor para hacerlo (lo cual no es extraño que también provoque el malestar del político actor, pues un extraño y, tal vez, “limitado” o “inculto” o “ignorante” se “atreve” a proponer una forma mejor de hacer las cosas). Creo que ese tipo de alabanzas no suelen incentivar que las cosas mejoren. ¿Para qué sacrificarse en mejorar algo si quienes las valoran lo hacen positivamente, pues sus críticas estás plenas de halagos, elogios y aplausos? La fuerza del estatus quo se impone, en especial en políticos a quienes lo que les interesa es la conservación del poder. “Para qué cambiar lo que funciona,” suele decir el pueblo; lo que hay que cambiar es lo que no sirve, lo que no funciona. De aquí que la crítica también es útil como expresión del pueblo a sus gobernantes, acerca de que lo que ellos hacen no está bien o puede ser mejorado.

Pero, también, al funcionario del estado la ciudadanía le paga para que haga las cosas de la mejor manera, honestamente, sin desperdiciar lo que son sus propios recursos entregados al estado, de forma que cuando así lo hace, simplemente está retribuyendo esa paga. La gente puede valorar eso cuando decide votar en una próxima elección, no como una obligación equilibradora de lo que puede ser una crítica ciudadana. No hay tal equilibrio, si la crítica es usada para descartar conductas impropias, inadecuadas o inconvenientes. Se ha pagado por un buen resultado; de manera que si recibe la paga (hasta adelantada) es bajo el supuesto de que cumpliría a plenitud para lo que se acordó contractualmente.

Pero, ¿por qué centrar la crítica en el Estado y no hacerlo con la empresa privada? Es una pregunta interesante y la respuesta me parece viable y directa: porque en una empresa en competencia (lejos del aberrante caso del monopolio) hay una constante aprobación o desaprobación; o sea, una forma de crítica, cuando los consumidores votan (como si así lo fuera) al realizar la compra del producto de esa empresa. Si la gente los aprueba, los compra; si los desaprueba, no los adquiere. De inmediato se me dirá, que la toma de decisión expuesta conduce a una parálisis, al estatus quo. Pero eso no es así, porque en un orden de mercado existen competidores quienes luchan por tomar cualquier parte del mercado -no sólo proveniente de competidores ya existentes en el mercado, sino, ante todo, de potenciales entrantes al mercado- de manera que hay un incentivo para la innovación, la mejoría, para que vendan más barato algo de una misma calidad, a fin de atraerse a aquellos consumidores clientes provenientes de sus competidores.

Darwinianamente, quien no se adapta a las nuevas circunstancias, terminará por desaparecer. De paso, esto es lo que le permite a Hayek, refiriéndose a la evolución de Darwin, atreverse “a afirmar que, de hecho, Darwin se inspiró en la ciencia económica. Por sus notas manuscritas sabemos que estaba leyendo a Adam Smith, cuando en 1838, estableció las bases de su propia teoría biológica.” Friedrich A. Hayek, “La Fatal Arrogancia: Los errores del socialismo,” en F. A. Hayek, Obras Completas, Vol. I, Madrid: Unión Editorial, S. A., p. 215).

Pero ahí no llega el asunto con el empresario en el mercado: él siempre estará atento a cualquier cambio que mejore sus ganancias, ya sea mediante el uso de nuevas tecnologías, la introducción de nuevos y más eficientes bienes de capital, todo en busca de un uso mejor de los factores productivos que contrata para obtener el bien final.

Lo destacable es que en un sistema competitivo de mercado hay incentivos que conducen al uso eficiente de los recursos, de manera que, quien no lo logra, queda fuera del mercado: es así como en una economía se hace “la limpia.” El que no se adapta, fracasa, queda afuera: quiebra y así los recursos que queden libres se pueden dedicar a producir las cosas que ahora los consumidores-votantes-críticos desean.

A diferencia de esto, tal situación de “limpia” no sucede en el caso del estado. Tan sólo extraordinariamente se cierran producciones ineficientes (como sucedió durante el gobierno de la señora Thatcher, pero véase que aquí no ha sido posible cerrar a los ineficientes CNP o la Fábrica Nacional de Licores, como ejemplos) o cuando se hace lo es en el marco de un “cambio” político casi revolucionario, producto del hastío del ciudadano. Pero la limpia no es cotidiana, usual, imperante, como sucede en un sistema privado de pérdidas o ganancias. Mientras que en éste la pérdida la asume el empresario-capitalista, nunca se observa que, cuando es del estado, la asuma, de su bolsillo, un político responsable de una mala decisión o de un mal resultado de su empresa u agencia pública.

En el estado no hay un mecanismo o instrumento por el cual la crítica que hace el consumidor mediante el voto, reprende y ocasiona la remoción o sustitución o quiebra del “empresario” o director, usualmente un político a cargo de la entidad. Eso suele suceder sólo cuando hay elecciones y se elige a un gobierno que mantiene una diferente posición política comparada con el vigente. El empresario socialista (el empleado público que hace las veces de empresario dentro del estado) no sufre en su bolsillo las consecuencias de sus “malas” acciones, a diferencia de como sucede con mucha mayor rapidez en una empresa privada. Ya vemos cual sistema es más eficiente cuando se requiere de cambio como producto de la crítica.

Evidentemente, en este último caso de administración gubernamental, el ciudadano pierde porque no recibe aquello que él considera que está pagando de una manera u otra (ya sea mediante tarifas públicas o impuestos o inflación o deuda) y es por ello que protesta, critica, cuando algo le parece mal hecho. Si en vez de la “inteligencia” política (quedar bien con el superior, el presidente o lo que sea) rigiera la “inteligencia” empresarial, sujeta al escrutinio de su rendimiento de parte de los accionistas o del capital propio, aquellos políticos al menos deberían de estar agradecidos con que algún ciudadano haga crítica pública de sus fracasos o malas decisiones, asumiendo que, de esta manera, se vería motivado a hacer las cosas de la manera en que la desea el público consumidor. No hay duda que ese sería en el mejor de los casos, pues usualmente lo que hacen es ignorar la crítica.

El antónimo de la alabanza y del elogio, la crítica es la que amplía nuestro conocimiento y promueve que corrijamos los errores. Por ello, más bien debe agradecerse cuando alguien la formula racionalmente, en vez de desdeñar y hasta molestarse cuando se hace públicamente, tal como es mi caso.

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